La relación entre la geopolítica y la economía ha experimentado un cambio significativo en las últimas décadas. Durante el período que va desde el final de la Guerra Fría hasta la caída de Lehman Brothers, la economía se convirtió en el principal motor del sistema internacional. La globalización, la integración financiera y la interdependencia económica parecían haber relegado a un segundo plano las manifestaciones más extremas del poder. Sin embargo, esta dinámica ha cambiado; la geopolítica ha vuelto a convertirse en el factor determinante de las relaciones económicas internacionales.
La sucesión de crisis recientes, como la pandemia, la invasión rusa de Ucrania y las tensiones en el Golfo, no son simples episodios aislados. Estas crisis revelan una mutación más profunda: el regreso de la geopolítica como factor clave en la configuración de la economía global. No estamos ante el fin de la globalización, sino ante un cambio en su naturaleza y en la forma en que se refleja en el sistema internacional.
En el pasado, se asumió que la interdependencia económica reduciría los riesgos estratégicos. La secuencia lógica era clara: la paz conduciría a la prosperidad, la prosperidad estimularía el comercio, el comercio generaría interdependencia y esta interdependencia desincentivaría la confrontación. Esta lógica se basó en la globalización actual y en la expansión financiera que la acompañó.
El llamado 'Consenso de Washington' fue la formulación doctrinal más acabada de este enfoque. Este consenso, que dominó el pensamiento del Banco Mundial a comienzos del siglo, se basaba en una cierta disciplina macroeconómica, apertura comercial, liberalización financiera y acceso a los mercados globales. Este enfoque funcionó porque descansaba sobre la previsibilidad del marco internacional y sobre circunstancias estratégicas que lo hacían posible.
Sin embargo, lo que ha cambiado no es la validez de los mecanismos económicos en sí mismos, sino el ámbito en el que operan. La globalización no ha desaparecido, pero ya no es el principio rector del sistema internacional. La geopolítica ha vuelto a conformar las dinámicas económicas. Conceptos como autonomía estratégica, seguridad económica, control de tecnologías críticas o reconfiguración de cadenas de suministro ya no son simples modas terminológicas, sino que expresan un reajuste histórico.
Las consecuencias de este cambio se perciben con especial nitidez fuera de las economías punteras. Los países ricos pueden amortiguar shocks energéticos o comerciales, pero las economías en desarrollo carecen de esta holgura de maniobra. Las sacudidas económicas no solo las expulsan de competir, sino que se traducen en fertilizantes inasequibles, alimentos más escasos, desequilibrios fiscales y sombras de conflicto social.
En el pasado, se dio por descontado que la arquitectura económica podía asentarse en la firmeza de los bienes públicos globales. La libertad de navegación, la seguridad de las rutas comerciales, la marcha del sistema monetario, la cooperación sanitaria o la perentoriedad de una transición energética no eran espontáneas. Eran el resultado de un entramado institucional respaldado por ecuaciones de poder y por la voluntad política de preservar despejado el espacio económico.
La globalización financiera se generalizó porque Estados Unidos desempeñó el papel de garante último. No por altruismo, sino por cálculo estratégico: su propio beneficio dependía de un mundo expedito y predecible. Sin embargo, en este nuevo contexto, las finanzas ya no pueden actuar al margen de la geopolítica. Deben asumir que la impredecibilidad estratégica reintegra el paisaje.
La resiliencia pierde su naturaleza técnica para erigirse en baremo económico central. No es un cambio léxico, sino un cambio de época. Desde la perspectiva empresarial, este desplazamiento requiere revisar la noción de riesgo. Durante décadas, la gerencia corporativa se diseñó sobre modelos que incorporaban volatilidades financieras, regulatorias o de mercado, mientras que las grandes quiebras geopolíticas quedaban excluidas en la categoría de fuerza mayor.
Ese enfoque ha dejado de ser sostenible. La fragmentación del mallado internacional, la weaponization del comercio, las sanciones, las dependencias económicas o la disrupción deliberada de redes logísticas obligan a incluir estos elementos en el núcleo de la estrategia empresarial. Lo que antes era contingencia excepcional ahora forma parte de lo ordinario. La geopolítica, de ser mero entorno, deviene variable a evaluar.
La enseñanza es clara. Las finanzas no pueden sustituir a la diplomacia ni impedir los conflictos. Pero sí pueden contribuir a evitar que las crisis geopolíticas se metamorfoseen automáticamente en alimentarias, económicas y/o sociales en las regiones más expuestas. La verdadera cuestión es, por tanto, la adaptación de las finanzas a un mundo en el que la estabilidad ya no es punto de partida, sino un bien escaso que hay que construir y proteger.
La estabilidad crea clase media, la inestabilidad crea ricos y pobres. En este contexto, la resiliencia pasa de preferencia técnica a exigencia estructural. Es la nueva condición de la racionalidad económica.