La ciudad que una vez fue un crisol de culturas y un refugio para aquellos que buscan nuevas oportunidades, ahora se enfrenta a un desafío inesperado. La vivienda, ese bien esencial, se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse. La ironía es que aquellos que hacen que la ciudad sea vibrante y diversa, son los mismos que se ven obligados a abandonarla debido a los precios exorbitantes del alquiler.
La ciudad, que siempre ha sido un lugar de encuentro, ahora se está convirtiendo en un lugar de desencuentro. La gente que vive aquí no es solo de la ciudad, sino de todos partes del mundo. Sin embargo, la posibilidad de que el mercado los obligue a desplazarse a los márgenes de la ciudad, o incluso más allá, es un panorama desolador. No quiero tener que emigrar de nuevo porque algunos hombres ricos y grandes multinacionales decidan elevar aún más el precio de la vivienda.
La ciudad no es solo un lugar para vivir, sino también un lugar para sentir que perteneces. No es solo el clima, el mar o la comida lo que hace que Barcelona sea especial, sino la gente que vive aquí. La ciudad está llena de personas que me importan y a las que importo. No están de paso, aunque puedan venir de lugares remotos. Ser de aquí no es solo estar aquí, sino formar parte de la vida real, ser habitante y no simple residente.
La colonización invisible que está ocurriendo en la ciudad es un proceso que desplaza a sus trabajadores a sitios buenos, bonitos, baratos y seguros, provocando efectos en cadena de empobrecimiento de otros trabajadores. El malestar de la vivienda no es solo un malestar económico, sino también un malestar que genera un proceso de colonización sin un Estado imperialista detrás.





