La maternidad es un tema que suele abordarse con cierto grado de romanticismo y admiración. Sin embargo, detrás de la sonrisa de una madre satisfecha puede esconderse un sentimiento de agotamiento y desesperación. La idea de escapar, aunque sea solo por un momento, puede ser más común de lo que creemos.
Me sorprende a mí misma fantaseando con desaparecer, no de manera dramática o irreversible, sino de forma temporal y administrativa. Imagino que podría dejar atrás las responsabilidades y las expectativas, y simplemente salir por la puerta sin dar explicaciones. No se trata de abandonar a mis hijos, sino de suspender durante unas horas la expectativa de presencia que articula mi vida.
La fantasía de fuga no es algo que me guste admitir, pero aparece con más frecuencia de lo que me gustaría. Algunas semanas, varias veces, casi siempre al final del día, cuando cierro el ordenador y todavía queda todo lo demás: la cena que preparar, los deberes, las conversaciones que hay que tener. Otras veces aparece cuando todo se ha calmado por fin y el silencio entra en el salón como una ráfaga de aire suave.
Sé que mis hijos son las dos personas a las que más quiero en el mundo y que viven en mi casa. No es una frase retórica ni una concesión obligada al discurso maternal; es una constatación simple. Daría mi vida por ellos sin pensarlo dos veces y, en muchos sentidos, ellos son la forma perfecta y concreta que ha tomado el amor en mi vida adulta.
La fantasía de fuga no tiene que ver con imaginar mi vida sin mis hijos; ese pensamiento no aparece. No me detengo a preguntarme cómo habría sido todo si no los hubiera tenido, ni me entretengo demasiado en esos escenarios paralelos tan novelescos. Los 'y si' me interesan poco, quizá porque la vida siempre es una sola y se construye sobre decisiones que rara vez admiten revisión.
La fantasía, por tanto, tiene que ver con borrarme a mí durante un rato. Desaparecer unas horas, un día, quizá un fin de semana entero; no ser necesaria para nadie durante ese tiempo, no responder a nadie, no sostener nada. Dicho así suena casi infantil, pero en realidad lo que revela esa fantasía es algo mucho más estructural: la intensidad con la que la maternidad contemporánea organiza el tiempo, la atención y, en muchos casos, incluso nuestra identidad.
En los últimos años ha empezado a hablarse de algo todavía más incómodo: las madres que se arrepienten de haber tenido hijos. La socióloga Orna Donath ahondó sobre ello en su ensayo, donde recogía testimonios de mujeres que afirmaban amar profundamente a sus hijos y, aun así, reconocer que, si pudieran volver atrás, no elegirían la maternidad.
No me reconozco en ese arrepentimiento, pero tampoco me tranquiliza despacharlo con facilidad. A las mujeres se nos advierte con frecuencia de que nos arrepentiremos de no tener hijos, como si esa fuera la gran amenaza biográfica que pesa sobre nosotras. Lo que casi nunca se contempla es la posibilidad inversa: que algunas mujeres descubran demasiado tarde que la maternidad no era el lugar en el que querían vivir su vida.
Reconocer esa posibilidad no significa abrazarla ni desearla. Significa aceptar algo más simple y más engorroso: que la maternidad, como casi todas las decisiones irreversibles de la vida adulta, también contiene zonas de ambivalencia. Entiendo bien la pregunta que rodea al arrepentimiento, no porque desee otra vida, sino porque sé hasta qué punto la maternidad contemporánea descansa sobre una expectativa de presencia constante.
Una madre no solo ama a sus hijos; también está siempre ahí, física, mental y emocionalmente disponible, anticipando necesidades, organizando tiempos, sosteniendo el delicado equilibrio doméstico que permite que la vida cotidiana avance sin demasiados sobresaltos. Esa presencia continua, que a menudo se vive como una forma de amor, también puede sentirse en ocasiones como una forma de presión silenciosa.
Tal vez la pregunta importante no sea qué dice esa fantasía sobre las madres, sino qué dice sobre las condiciones en las que hoy se ejerce la maternidad. No dejo de reflexionar sobre la creciente soledad de la crianza en nuestros días y sobre la desaparición de muchas de las redes informales que durante siglos han sostenido y siguen sosteniendo los cuidados.
Cuando esa red desaparece y el cuidado se concentra casi exclusivamente en el núcleo familiar —y dentro de él, muy a menudo, en la madre—, la presencia se vuelve más intensa, más continua, más exigente. En ese contexto, quizá la fantasía de fuga no sea el síntoma de una mala maternidad ni una señal de arrepentimiento oculto, sino algo mucho más sencillo: una forma de respirar dentro de una vida que exige demasiado, un pequeño gesto imaginario que permite recordar que, incluso dentro del amor más profundo, sigue existiendo una puerta y que saber que está ahí —aunque no tengamos ninguna intención de cruzarla— también forma parte de la libertad.
Vuelvo a mis amigas y les pregunto si alguna vez se han arrepentido de ser madres. Una de ellas me dice: 'Pues yo, arrepentirme, no. Si no, no sería quien soy hoy en día. Pero imaginarme otra vida y sonreír… sí'. Otra me contesta a la salida del cole, tras una reunión en la que se ha activado un protocolo antibullying: 'Ahora mismo de lo que me arrepiento es de no haber sido madre en un lugar más amable, con rastas y rodeada de otras mujeres'.