La maternidad es un tema que suele abordarse con cierto grado de romanticismo y admiración. Sin embargo, detrás de la sonrisa de una madre satisfecha puede esconderse un sentimiento de agotamiento y desesperación. La idea de escapar, aunque sea solo por un momento, puede ser más común de lo que creemos.

Me sorprende a mí misma fantaseando con desaparecer, no de manera dramática o irreversible, sino de forma temporal y administrativa. Imagino que podría dejar atrás las responsabilidades y las expectativas, y simplemente salir por la puerta sin dar explicaciones. No se trata de abandonar a mis hijos, sino de suspender durante unas horas la expectativa de presencia que articula mi vida.

La fantasía de fuga no es algo que me guste admitir, pero aparece con más frecuencia de lo que me gustaría. Algunas semanas, varias veces, casi siempre al final del día, cuando cierro el ordenador y todavía queda todo lo demás: la cena que preparar, los deberes, las conversaciones que hay que tener. Otras veces aparece cuando todo se ha calmado por fin y el silencio entra en el salón como una ráfaga de aire suave.

Sé que mis hijos son las dos personas a las que más quiero en el mundo y que viven en mi casa. No es una frase retórica ni una concesión obligada al discurso maternal; es una constatación simple. Daría mi vida por ellos sin pensarlo dos veces y, en muchos sentidos, ellos son la forma perfecta y concreta que ha tomado el amor en mi vida adulta.

La fantasía de fuga no tiene que ver con imaginar mi vida sin mis hijos; ese pensamiento no aparece. No me detengo a preguntarme cómo habría sido todo si no los hubiera tenido, ni me entretengo demasiado en esos escenarios paralelos tan novelescos. Los 'y si' me interesan poco, quizá porque la vida siempre es una sola y se construye sobre decisiones que rara vez admiten revisión.