En un mundo donde la muerte es un tema tabú, una lectora se pregunta: ¿Por qué la sociedad se escandaliza ante la eutanasia y calla ante la guerra? ¿Por qué permite el sufrimiento y reza por el milagro de la vida, sin alzar la voz ante la injusticia y el deterioro de lo humano? La respuesta es simple: la libertad de elegir. Quiero vivir la muerte como quiero vivir la vida: libre, en paz. Sin el ruido de una sociedad que se escandaliza ante la eutanasia y calla ante la guerra. Que permite el sufrimiento y reza por el milagro de la vida. ¿De qué vida?
La muerte es un derecho, no un privilegio. Y si creo en una voluntad divina propietaria de mi vida, adelante, te acompañaré en el morir. Pero si pido respeto, ahora y en la hora de mi muerte, dámelo. Como yo a ti tus paliativos. Si pido vivir la muerte con la dignidad que he intentado mantener en vida y tú no quieres ayudarme, al menos calla. Reverencia mi muerte como el acto más importante, más trascendente, de toda mi existencia. Yo sí puedo elegir, y elijo. Tanto amo mi vida que soy capaz de elegir mi muerte.
Una enfermera especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria comparte su experiencia: un año preparando el examen E.I.R, sacas plaza “por suerte” a la primera, dos años de residencia fuera de tu casa, apuestas por formarte, tiempo, dinero, terminas la residencia y... silencio. “No trabajas porque no quieres”, “a las enfermeras no les falta trabajo”, “lo bonito de la enfermería es saber de todo”. Y ahora ella se pregunta: ¿Usted dejaría que un carpintero le cambiara el grifo de su cocina? ¿Dejaría que a su hijo lo viera un médico sin especialidad por el simple hecho de que en la carrera tuvo una asignatura de pediatría? ¿O dejaría que un carnicero le tiñera el pelo en la peluquería? No, ¿verdad? Eso pensaba ella. Pero, al parecer, está equivocada. Es una orgullosa a los ojos del sistema por ser joven y exigir un puesto a la altura de su formación. Formación que no le han regalado y por la que ha luchado.





