La historia que estamos a punto de contar no es solo una, sino dos. Dos historias que, aunque se pueden leer por separado, no se entienden sin la otra. Por un lado, tenemos a Nada Itrab, una niña que a los nueve años fue secuestrada de su hogar en L'Hospitalet de Llobregat por un vecino de confianza y llevada a la selva boliviana. Allí, fue obligada a trabajar en una plantación y, por las noches, a ser 'su esposa', además de sufrir maltratos. La intervención de agentes de la Guardia Civil y autoridades bolivianas fue crucial para que Nada regresara a España.
Pero la historia de Nada no está completa sin la de Neus Sala. La periodista la conoció años después de su rescate, cuando Nada estaba bajo la tutela de la Generalitat. Neus no dudó en ayudarla para que pudiera avanzar y labrarse un futuro a través del estudio y el trabajo. La generosidad de Neus fue vital para que Nada pudiera resistir, al igual que hizo durante siete meses en la selva boliviana en condiciones extremas.
Ahora, ambas firman el libro 'Yo soy Nada, la historia de un secuestro y dos rescates' (Ediciones B), en el que Nada relata sin tapujos su llegada a España con su familia, el infierno que vivió durante su secuestro y el desamparo que sintió al volver a Catalunya tras ser rescatada. Neus la acompaña en esta historia, que no deja indiferente y nos recuerda que dentro del dolor siempre hay esperanza.
Nada nació en y llegó a con su familia cuando era pequeña. Vivían en la extrema pobreza, con días en los que no tenían ni para comer. La violencia de las discusiones entre sus padres era lo más doloroso para ella. El colegio era su evasión, pero la familia empezó a recibir ayuda de un hombre llamado , que se instaló en el piso de al lado. Grover era bajo, delgado, con el pelo largo y barba, y piel morena. Su forma de ser era extraña, recordaba a , el personaje de .
Grover se ganó la confianza de la familia de Nada con alimentos, juguetes y regalos. Cuando Nada tenía nueve años, propuso a su madre llevarla de viaje a Bolivia por sus buenas notas. «Nos hizo creer que no había nada de raro, que no había peligro; sería unas vacaciones divertidas», cuenta Nada en el libro. Grover también convenció a la madre diciéndole que traería joyas que podrían vender.
Pero al llegar a Bolivia, todo cambió. «Grover se había quitado la máscara. Ya no quedaba nada del vecino amable y encantador. Era una persona fría como el hielo, incapaz de conmoverse ante la desesperación y el llanto de una niña», explica Nada. Las violaciones eran constantes, no le importaban el lugar ni la hora. Lo que más perturbaba a Nada era la manera que tenía de iniciarlas.
Grover cambió la identidad de Nada, «pasé a ser Evelyn», y empezó a hacerla llevar vestidos largos. Se fueron a vivir a la selva boliviana junto a una secta a la que pertenecía el secuestrador. «Mis tareas empezaban cuando salía el sol y terminaban cuando se escondía. Llamar a aquello trabajo sería un vano intento de blanquear la realidad, que es que pasé a ser una esclava en la selva», cuenta Nada.
La explotación infantil fue una de las experiencias más duras que le tocó vivir. «De golpe había pasado a ser una niña de nueve años casada con un hombre que me consideraba de su propiedad y, por tanto, que tenía toda la autoridad para abusar de mí y usarme a su conveniencia», explica. Su día a día en la plantación era levantararse con el sol, ir a trabajar, volver a casa para comer un poco de arroz con remolacha y regresar al trabajo hasta la noche.
Pese a vivir un infierno, Nada asegura que conservaba lo más valioso que posee un niño: sueños. El sueño de volver a España, de hacer algo importante en el futuro, de volver a la escuela y llegar a ir a la universidad. Estos eran los pensamientos que rondaban su cabeza la mayoría del tiempo.
Su captor, que murió en prisión hace años, cada vez estaba más desquiciado y «estaba convencido de que se había convertido en un hombre tocado directamente por el dedo de Dios». Siete meses después de ser secuestrada, Nada fue liberada gracias al trabajo conjunto de la Guardia Civil, la policía de Bolivia y la fiscalía de los dos países.
Neus explica en el libro la investigación después de que los padres denunciaran la desaparición de su hija ante los Mossos d'Esquadra y que la Guardia Civil descubriera la auténtica identidad de su captor. Un juzgado de L'Hospitalet de Llobregat ordenó su busca y captura.
Sin embargo, a la pesadilla de la violencia le siguió el abandono institucional. Los padres perdieron la custodia de la entonces menor después de que la Generalitat considerase que la habían abandonado. Nada estuvo en centros de acogida, sin futuro, hasta que se cruzó con Neus hace unos años.
Neus la ayudó a legalizar su situación en España, a recibir atención psicológica, social, emocional, orientación educativa y laboral. Nada llegó a la universidad y ahora empieza a vivir el sueño que le dio esperanzas en la selva.
«Quizá había vivido aquella experiencia tan dura y había sobrevivido a ella para contarla. En la selva había visto que yo no era la única niña trabajando en los campos, ni la única de la secta. Entonces no era consciente de que todos éramos esclavos. Ahora sí. Yo había salido de aquel infierno, pero eran muchos los niños y las niñas que continuaban allí, perdiendo su infancia en aquellos campos de coca. Decidí que sí, que iba a contar mi historia si eso servía para darles voz, para ayudarlos y para concienciar de alguna manera a la sociedad que nos daba la espalda».
Esta es la esperanza de Nada y Neus, y esta es su historia, compartida, que merece ser leída.