En el barrio de moderadita clase media donde resido, no estamos acostumbrados a salir en portada en The New York Times. Sin embargo, hace un año, la imagen de un edificio a dos minutos de mi casa -un ejemplo de modernismo de segunda división- abrió la edición internacional del periódico. Resulta que un inversor había comprado Casa Orsola con un objetivo claro: sacar la vivienda del mercado tradicional de alquiler y destinarla a extranjeros de paso.
La dinámica es conocida: si históricamente familias locales habían alquilado los pisos de esta finca para desarrollar su proyecto de vida, el nuevo propietario quería cambiar el modelo de explotación para obtener mayor rentabilidad. No renovaba los contratos antiguos, a pesar de que los inquilinos hicieran todo lo posible para conseguirlo, porque su propósito era vaciar el edificio de barceloneses como yo, reformarlo y después dedicarlo al alquiler de temporada. Es la dinámica que expulsa a los hijos de los vecinos de siempre no se sabe dónde.
La capacidad de algunos vecinos para convertir Casa Orsola en símbolo, la identificación del caso por parte del Sindicato de Inquilinas como un frente de lucha para sumar la clase media a su causa y la reactivación del movimiento vecinal forzaron al Ayuntamiento a buscar una fórmula imaginativa que podría parchear casos parecidos.
La periodista Liz Alderman titulaba 'La ciudad de los hogares perdidos y la esperanza' un reportaje en el que hablaba de un caso similar, no muy lejos de mi casa, y de otra empresa que también intenta expulsar a los vecinos que ya estaban allí cuando la nueva propiedad adquirió el edificio. 'New Amsterdam Developers, el fondo que compró Casa Papallona, también conocida como Casa Fajol, ha adquirido otros cientos de apartamentos en Barcelona para este uso, a menudo dirigidos a viajeros de negocios cuyos ingresos superan los de los locales. La empresa no respondió a las solicitudes de comentarios'.





