La incertidumbre energética y geopolítica ha vuelto a poner en alerta a los inversores, reviviendo los fantasmas de un año 2022 que dejó un mal sabor de boca en los mercados financieros. La principal preocupación ahora es la posibilidad de que tanto las acciones como los bonos sigan en terreno negativo en 2026.

La irrupción de la guerra en Irán ha generado una sensación de zozobra entre los inversores, que temen que la historia se repita y que no haya un refugio seguro para sus inversiones. La simultaneidad de la caída de las acciones y los bonos es lo que más preocupa, ya que durante décadas estos activos han tenido una relación inversa, con las acciones subiendo cuando los bonos bajaban y viceversa.

Los números son elocuentes. En lo que va de mes, el índice de bonos globales de Bloomberg ha caído un 3%, lo que supone un golpe para los inversores más conservadores que buscan proteger su dinero invirtiendo en deuda soberana. Al mismo tiempo, la Bolsa mundial ha perdido un 7% en marzo, medida a través del indicador MSCI All World. Y el oro, que siempre ha sido considerado un valor refugio, se ha desplomado un 15%.

El socio de la consultora AFI y director de su gestora de fondos, David Cano, explica que la futura subida de la inflación debido al encarecimiento del petróleo hace que sea más probable que los bancos centrales eleven los tipos de interés para contener los precios, lo que provoca una devaluación de los bonos.

De esta forma, los inversores minoristas se han quedado sin un refugio convencional en un momento en el que tanto las Bolsas como los grandes índices de deuda soberana retroceden simultáneamente. Cano cifra las pérdidas acumuladas en estas tres semanas en 'entre un 4% y un 6%, en las carteras mixtas, las más habituales, que tienen una mayor parte de Bolsa y otra de bonos'.