Opinión | La caja de resonancia

Jordi Bianciotto Periodista

La imagen de Rosalía en el concierto-manifiesto X Palestina que se celebró en Barcelona el pasado 29 de enero es un recordatorio de la fiebre que despiertan los ídolos pop. / MARTA PÉREZ / EFE

En la actualidad, se observa un aumento en las quejas de los seguidores de los artistas pop, quienes se sienten abrumados por la dificultad para conseguir entradas para los conciertos. La compra de entradas se ha convertido en un proceso estresante, con dispositivos de preventa, códigos, largas colas virtuales, precios dinámicos y reventa. Como señaló una lectora, Eva Gómez, en una carta publicada recientemente en este diario, ser fan antes era más fácil.

La razón detrás de este fenómeno es que el público se ha multiplicado y la oferta supera con creces la demanda. Según Neo Sala (Doctor Music), cuando se ponen a la venta 300.000 entradas y hay un millón de compradores potenciales, es inevitable que 300.000 personas estén contentas y 700.000 se sientan decepcionadas. Esto plantea una cuestión importante: el recelo de los fans hacia el gran público añadido que perciben como intruso.

Algunos piensan que el aumento de los precios convierte a los conciertos en un privilegio para unos pocos, pero la realidad es que los estadios se llenan como nunca. Sin embargo, no son los fans que han seguido al artista desde el principio, sino recién llegados atraídos por el 'efecto llamada', el 'FOMO' o la curiosidad por ser parte del evento del que todo el mundo habla. Es cierto que los fans pioneros se sienten atropellados por la marea y su función de haber encendido la mecha no es reconocida. Pero, ¿es relevante discutir las razones por las cuales cada persona gasta su dinero?