En los últimos días, me ha sorprendido ver a tantas personas expresando sus opiniones sobre temas complejos y delicados, como la eutanasia, sin tener un conocimiento profundo del asunto. Es como si la opinión se hubiera convertido en una forma de identidad pública, algo que hay que exhibir para existir. Pero, ¿qué pasa cuando no tenemos ni idea de lo que estamos hablando?
La ignorancia es un problema que todos enfrentamos, pero hemos decidido convertirla en un problema estético que hay que disimular con corrección política. Las redes sociales han contribuido a este fenómeno, ya que consumimos información de manera superficial y rápida, sin tomarnos el tiempo de reflexionar sobre lo que estamos leyendo. En los medios de comunicación tradicionales, se supone que los hechos son sagrados, mientras que en Internet, la opinión es sagrada, pero los hechos son libres.
Hace unas semanas, tuve la oportunidad de hablar con el escritor Luis Landero, quien me dijo que hoy en día, la gente no necesita pensar porque ya se lo dan pensado. 'Hacemos la compra diaria de opiniones', añadió. Me pareció una imagen muy precisa, ya que consumimos opiniones ya elaboradas que incorporamos sin cuestionarlas.
Me pregunto hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras y en qué momento dejamos de distinguir entre lo que pensamos y lo que nos han dicho o sugerido que deberíamos pensar. Es difícil calibrarlo, la verdad. La opinión de una tertulia, por ejemplo, se suele instalar en nuestro cerebro con una seguridad desproporcionada respecto al tiempo que le hemos dedicado.





