La reciente declaración del rey Felipe VI sobre los abusos y controversias en la conquista de América ha generado un gran revuelo en España y México. La afirmación del monarca, aunque medida, ha sido vista como un paso hacia la reconciliación entre los dos países, pero también ha desatado la ira de sectores de la extrema derecha española.
La polémica tiene poco que ver con la labor de los historiadores y mucho con un conflicto político entre dos nacionalismos contemporáneos: el mexicano y el español. Ambos reivindican sus pasados míticos y utilizan la historia para construirse una genealogía que justifique sus respectivas identidades nacionales.
El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, inició esta discusión en 2019, cuando exigió al Rey que España pidiera disculpas por las ofensas coloniales. La respuesta del Gobierno español fue tajante: rechazó el propósito y defendió la actuación de los españoles en la conquista.
La actual presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha reiterado los argumentos de su predecesor y no ha invitado al monarca español a su toma de posesión en 2024. Estas posturas, tanto la reclamación de perdón como la respuesta española, tienen sus raíces en las respectivas identidades nacionales.
Los nacionalismos utilizan la historia para crearse una genealogía que sigue un esquema tripartito: una edad de oro, una caída en desgracia y un resurgimiento. En este contexto, figuras como Hernán Cortés y Cuauthémoc se convierten en héroes o villanos, según la perspectiva nacionalista.
En México, el nacionalismo ha pugnado por una versión liberal que identifica a la nación con la época prehispánica y rechaza la herencia española. La revolución mexicana de 1910 alentó los sentimientos antigachupines y revalorizó el pasado indígena.
En España, la idealización de descubridores y conquistadores tiene una larga tradición, pero se fortaleció tras la derrota de 1898. El hispanoamericanismo se situó en el centro de las expresiones españolistas y el 12 de octubre se convirtió en fiesta nacional.
La ola de españolismo que coincidió con las demandas de López Obrador recurrió a la denuncia de la leyenda negra y exaltó las glorias imperiales. Se publicaron numerosas obras que defendían la actuación de los españoles en la conquista y se celebraba la Hispanidad.
Tanto el nacionalismo mexicano como el español se dirigen a un público doméstico, aspirando a la cohesión y la hegemonía cultural frente a sus adversarios internos. El enfrentamiento entre México y España forma parte de una guerra incruenta más amplia entre indigenistas y hispanistas.
La pregunta es si conviene llevar este conflicto identitario al terreno diplomático. Los gobiernos españoles deben representar los intereses nacionales y promover el entendimiento con América Latina. Un acto de arrepentimiento puede ser problemático, pero existen otros gestos simbólicos que pueden explorarse.
El recuerdo de la bienvenida otorgada a los exiliados republicanos en México es un ejemplo. La carta de López Obrador proponía una reflexión conjunta y el rey Felipe ha razonado que las crueldades de la conquista no nos enorgullecen. Esto no es más que un primer paso que no debería escandalizar a nadie.
En definitiva, no es preciso escoger entre Hernán Cortés y Cuauthémoc; basta con aplicar el sentido común y promover un diálogo constructivo entre España y México.
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Corresponsal Política
Periodista política con más de 15 años de experiencia cubriendo el Congreso de los Diputados.
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