En 1969, el presidente Richard Nixon utilizó una estrategia para presionar a la Unión Soviética y terminar la guerra de Vietnam. Ordenó una operación en la que bombarderos cargados de armas nucleares dieron vueltas por Alaska para que los espías rusos pensaran que había un peligro inminente. El objetivo era hacer que Moscú creyera que Nixon estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso más allá de sus propios intereses.

La estrategia del 'hombre loco'

Esta estrategia se conoce como la 'teoría del hombre loco'. Nixon quería que sus rivales pensaran que estaba obsesionado con el comunismo y que no podía ser detenido. Su jefe de gabinete, H.R. Haldeman, contó que Nixon le dijo: 'La llamo la teoría del hombre loco. Hacemos que les llegue el runrún de que 'madre mía, ya sabes que Nixon está obsesionado con el comunismo, no podemos pararle porque está enfadado, y tiene el dedo en el botón nuclear''.

Un enfoque arriesgado

La salud mental de un líder puede ser un tema delicado en la política internacional. La eficacia de hacerse el loco como estrategia ha sido cuestionada durante décadas. Un artículo académico de la Universidad de Harvard de 2023 explica que 'la locura percibida tiene ventajas limitadas en la negociación forzada con rivales extranjeros' y que 'además tiene costes domésticos significativos que potencialmente erosionan su eficacia'.

La situación actual

Donald Trump ha coqueteado con la idea de la locura y ha presumido de su imprevisibilidad. Su discurso reciente, presentado como un momento más formal, está lleno de contradicciones y no ofrece explicaciones claras. La situación en el mundo es más compleja que en 1969, con múltiples actores, rivales y armas más potentes. La información es difícil de controlar y los intereses son contradictorios.