La herencia de una batalla por el arte
Tomás Alía (Largartera, 62 años) no solo es uno de los interioristas más reconocidos de España. También es el continuador de una misión que inició hace décadas su madre, Pepita Alía, recientemente fallecida: devolver a la artesanía española el rango de arte que merece. Desde el Círculo Fortuny, sigue peleando para que los tesoros vivientes de nuestro país tengan herederos.
Crecido entre bordadoras, a los pies de una mujer que dedicó su vida a elevar la consideración artística de la artesanía, Tomás heredó no solo una profesión sino una responsabilidad. "Nuestra casa era un espacio donde ocurrían muchas cosas. La gente que entendía la alta artesanía la veía en las manos de una mujer joven, muy guapa, que tenía un don de gentes que te querías morir", recuerda. Su madre peleaba contra la confusión que creció en España entre el merchandising y la verdadera artesanía. "Una cosa terrible", dice.
Cómo una artesana llegó a Naciones Unidas
La notoriedad de Pepita Alía no fue casualidad. En los años sesenta, el Gobierno español le encargó una gran mantelería como regalo de Estado para la Casa Real Holandesa. Cuando aterrizó en mayo de 1960 en el Palacio Real de La Haya, la guardia real se formó ante una artesana. Ese momento marcó un antes y un después: la artesanía española había sido reconocida como esencia del arte nacional, merecedora de los máximos honores.





