La reapertura que alivia, pero no tranquiliza

El estrecho de Ormuz vuelve a permitir el paso de barcos tras cinco semanas de cierre que paralizaron el comercio de más de la quinta parte del petróleo y gas que consume el mundo. Los casi 190 buques atrapados en el Golfo Pérsico, repletos de crudo, gasóleo y queroseno, pueden enfilar por fin la salida rumbo a Asia y Europa, donde ya se vislumbraba la sombra de los racionamientos energéticos.

El alivio es real. Los mercados de materias primas lo celebraron de inmediato, aunque los precios del petróleo y el gas siguen claramente por encima de donde estaban antes de que Trump y Netanyahu encendieran aún más una región que nunca deja de arder. La reapertura aleja, al menos por ahora, el fantasma de una crisis como la de los años setenta.

El control iraní y los peajes que no desaparecen

Pero aquí empieza el verdadero problema. Irán no ha tardado en reivindicar el dominio permanente del paso, lo que sugiere una prórroga indefinida de los peajes obligatorios con los que ha flirteado estas últimas semanas: pagos de hasta dos millones de dólares por barco. Un sobrecosto que, aunque ínfimo comparado con el disparo de precios del último mes y medio, podría convertirse en una carga permanente para navieras y consumidores.

Emiratos Árabes Unidos ya ha insinuado su negativa a pagar. Omán, cuyas aguas son de tránsito obligado antes de ganar el océano Índico, también tendrá algo que cobrar. La nebulosa se espesa.

Las infraestructuras dañadas, una incógnita mayor

La segunda gran pregunta es cuánto tiempo tardará el tráfico en normalizarse. Antes de la guerra, pasaban 700 buques semanales por Ormuz. Ahora, Teherán lo raciona con cuentagotas. Si las compañías aseguradoras dan por buenas las condiciones de seguridad, el tránsito debería revivir, pero nadie sabe cuándo ni con qué rapidez.

Y luego está el daño físico. Israel ha golpeado el mayor yacimiento de gas del planeta, Pars Sur, que tardará tiempo en volver a operar normalmente. Irán ha respondido con ataques a refinerías en Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Baréin y Kuwait; a pozos en Irak y Arabia Saudí; y a puertos y terminales de exportación. La traducción es simple: menos combustible disponible en el mercado, al menos a corto y medio plazo.

Qué viene ahora

Hay razones para alegrarse por un alto el fuego que desatasca el mayor embudo energético del planeta. Pero las tripulaciones que llevan semanas atrapadas a bordo, las economías que temían racionamientos y los consumidores que pagan cada vez más por llenar el depósito saben que esto es solo el primer paso. Los verdaderos interrogantes —cuánto costará pasar por Ormuz, cuándo fluirá el tráfico como antes, cuándo se repararán las infraestructuras— siguen sin respuesta.

Ana Gutierrez
Ana Gutierrez

Corresponsal Internacional

Corresponsal internacional con base en Bruselas. Experta en asuntos europeos.

¿Te ha gustado este artículo?

Suscríbete a nuestro boletín y recibe las mejores noticias en tu correo cada día.

Al suscribirte aceptas nuestra política de privacidad