La estrategia energética de Trump
El presidente estadounidense está desplegando una estrategia combinada de aranceles, presión militar e intimidación diplomática para controlar la oferta mundial de petróleo y gas. Esta política responde a una necesidad económica concreta: mantener rentable la explotación del esquisto bituminoso estadounidense, que requiere precios del crudo superiores a 70 dólares por barril hoy y mayores a 100 en 2030.
EE UU es actualmente el primer productor y exportador mundial de gas natural y el primer productor de petróleo, aunque solo es el tercer exportador. Esta posición de liderazgo se logró mediante el fracking de esquisto, una técnica que ha permitido récords de producción gracias a subsidios estatales que han incrementado el déficit público estadounidense.
Los recursos en juego
Trump tiene reservas de esquisto probadas para diez años y potenciales para dos siglos. Sin embargo, conforme se agoten los yacimientos más accesibles, los costos de extracción aumentarán. Para mantener la rentabilidad, necesita reducir la oferta de otros productores e imponer precios más altos en el mercado global.
Su estrategia apunta a varios objetivos concretos. Primero, controlar el petróleo y gas de Venezuela, debilitando a un productor importante. Segundo, debilitar a Irán mediante ataques y sanciones que destruyan o limiten su infraestructura energética. Tercero, incorporar a —que posee las terceras mayores reservas petroleras del mundo— y , rica en gas y tierras raras.




