Bibliotecas vs TikTok: la respuesta de los bibliotecarios catalanes
El pasado viernes el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, se dirigió a más de 300 asistentes en el auditorio del Campus Ciutadella de la Universidad Pompeu Fabra y, en medio de un discurso sobre unidad de la izquierda, afirmó: «Prefiero llenar TikToks que bibliotecas, porque mi hijo mira el TikTok, sin renunciar a lo que soy, yo nunca oculto lo que soy».
Con esa frase, Rufián equiparó, a su modo, la popular plataforma de videos cortos con los espacios de lectura y aprendizaje que la sociedad ha financiado durante décadas. La declaración, que pretendía subrayar la cercanía con la generación digital, fue catalogada de inmediato como una afrenta a la cultura pública.
El Colegio Oficial de Bibliotecarios‑Documentalistas de Catalunya emitió un comunicado el mismo día, calificando las palabras del dirigente como «poco afortunadas» y recordando que las bibliotecas no compiten con TikTok, sino que garantizan acceso al conocimiento, al pensamiento crítico y a la igualdad de oportunidades.
Los bibliotecarios subrayaron que sus instituciones son refugios de la reflexión, lugares donde se forman lectores críticos y se preserva la memoria colectiva. En su mensaje, insistieron en que la cultura pública merece *más respeto y compromiso institucional.
El Colegio oficial no tardó en detallar sus argumentos. Señalaron que las bibliotecas actúan como puentes entre la información y la ciudadanía, ofreciendo recursos que van más allá del entretenimiento inmediato. En su cuenta de X, recordaron que, a diferencia de los algoritmos que priorizan la viralidad, las bibliotecas promueven la profundidad y la diversidad de saberes.
Un portavoz del colegio, que prefirió mantenerse anónimo, explicó: «Nuestro deber es ofrecer a cada lector la posibilidad de explorar, cuestionar y crecer. Reducir nuestras salas a simples comparaciones con TikTok desvirtúa años de trabajo y la misión de la cultura pública».
Esta polémica se inserta en un contexto político más amplio. En el mismo acto, Irene Montero y Rufián defendieron la unidad de la izquierda y anunciaron que sus formaciones serían motores de confluencias electorales en España y Catalunya. La controversia sobre las bibliotecas surgió justo cuando el partido anunciaba nuevas estrategias de campaña, como se analiza en la nota sobre ERC descarta unirse a la izquierda del PSOE y cierra el plan de unidad liderado por Gabriel Rufián.
Para los bibliotecarios, la declaración de Rufián no es solo una cuestión de palabras, sino un síntoma de una visión que privilegia lo efímero sobre lo duradero. Argumentan que la falta de reconocimiento institucional debilita la capacidad de los municipios y la Generalitat para financiar y mantener los servicios bibliotecarios.
En respuesta, el Colegio oficial ha solicitado una reunión con la Conselleria de Cultura para discutir medidas que refuercen la financiación y la visibilidad de las bibliotecas. Entre sus propuestas figura la creación de campañas de sensibilización que destaquen el papel de los espacios de lectura en la reducción de la brecha digital, una iniciativa que podría alinearse con el reciente plan de la Generalitat para impulsar la industria en Catalunya.
Los defensores de la cultura pública también recordaron que, durante la pandemia, las bibliotecas fueron esenciales para proporcionar acceso a recursos digitales a personas sin conexión en casa. Esa experiencia refuerza la idea de que la misión de estos centros trasciende la mera oferta de libros; son verdaderos motores de inclusión social.
En la práctica, la polémica ha generado un debate en redes sociales y en foros de profesionales, donde se discute si la comparación de Rufián refleja una desconexión real entre los políticos y los profesionales de la cultura. Algunos analistas sugieren que la frase, aunque provocadora, puede servir como catalizador para una reflexión colectiva sobre el valor de la cultura pública en la era digital.
Lo que está claro es que la respuesta de los bibliotecarios catalanes no se limitará a una declaración. Han anunciado la organización de una serie de mesas de trabajo con asociaciones de lectores, colegios y administraciones locales, con el objetivo de diseñar una hoja de ruta que garantice la continuidad de los servicios bibliotecarios frente a la creciente presión de los medios digitales.
En última instancia, la controversia plantea una pregunta esencial para los ciudadanos: ¿qué espacio queremos para el conocimiento y la reflexión en una sociedad que cada día consume información en formatos más breves? La respuesta de los bibliotecarios sugiere que la defensa de las bibliotecas es, también, la defensa de una ciudadanía crítica y participativa.