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¿Es posible aplicar en España una política económica que se aleje de la tendencia habitual? La experiencia histórica sugiere que no. Al menos, hasta ahora. Bajo la supervisión de la burocracia de Bruselas, de las élites locales y, sobre todo, de los poderosos mercados financieros internacionales, la política económica española ha mantenido una notable continuidad, con especial énfasis en la contención de los salarios, bajo gobiernos del PSOE y del PP.

El libro 'Las élites que dominan España', del profesor Andrés Villena Oliver, destaca las redes políticas, empresariales y técnicas que han hecho que las cosas sean como son, y no como podrían haber sido. Desde la Transición y los Pactos de la Moncloa hasta hoy, las líneas maestras no han cambiado de manera significativa.

Se podría aventurar que el gobierno de Pedro Sánchez ha sido el más izquierdista, dentro de lo posible, de la democracia. Esto podría deberse a la presión de socios de gobierno como Podemos, al principio, y luego Sumar. Quizá también porque Sánchez es el único presidente del PSOE formado en la Federación Socialista Madrileña, conocida por ser una de las más escoradas a la izquierda en España.

En lo esencial, las directrices básicas de la política económica permanecen inmutables.

Hubo un momento paradójico, en los estertores del , en que la economía favoreció a los trabajadores de manera accidental. El régimen se sentía frágil cuando estalló la primera crisis del , en 1973, y en lugar de aplicar medidas de ajuste, como en otros países europeos, incrementó el gasto público y toleró que los salarios crecieran al ritmo de la elevadísima (14,2% anual en 1973, 26,3% anual en 1977).