La desregulación se vende como una técnica neutral y lógica que busca impulsar la competitividad a través de la reducción de la presión normativa. Sin embargo, detrás de esta retórica se esconde una realidad muy diferente: la concentración del poder en manos de unos pocos. En Europa y Estados Unidos, las decisiones concretas que reconfiguran la economía global no responden a la idea de liberar al mercado, sino a la de consolidar el poder de las grandes empresas.
En Bruselas y Washington, los proyectos de ley denominados 'ómnibus' prometen eficiencia administrativa, pero en realidad reducen las obligaciones de información, aplazan los controles y debilitan la protección social y ambiental. El argumento es que las normas ralentizan a las empresas y que una comunidad empresarial ralentizada nos empobrece. Sin embargo, este razonamiento se basa en una premisa falsa: que todos quieren lo mismo del mercado.
Hace más de un siglo, el economista estadounidense Thorstein Veblen destacó una distinción importante. En su teoría de la empresa comercial, escribió que el capitalismo tiene dos lógicas fundamentalmente diferentes. Por un lado, está la 'industria', que organiza a las personas, los conocimientos y los recursos para fabricar algo útil. Por otro lado, el 'negocio' acumula capital sin importar el costo.
Ambos operan en el mercado, pero los fines no son los mismos. La persona al frente de la empresa utiliza el mercado para producir y vender. Su interés radica en una economía saludable con clientela que tenga poder adquisitivo, competencia leal e instituciones que funcionen. La persona 'de negocios' utiliza el mercado para maximizar los beneficios, no necesariamente con una producción mejor, sino pagando menos a las personas empleadas, al gobierno y a la sociedad.





