Recuerdo vívidamente el día que conocí a Nicolás Maduro y a Cilia Flores en 1999, cuando ambos eran figuras emergentes en la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela. Yo era una joven periodista de 23 años, y ellos dos eran parte del movimiento político que lideraba Hugo Chávez. Veinticinco años después, los he vuelto a ver en persona, esta vez en un tribunal federal de Manhattan, donde Maduro enfrenta acusaciones de narcotráfico, posesión de armas y corrupción. La mezcla de emociones que siento es difícil de describir: incredulidad, pérdidas y amarguras acumuladas durante mucho tiempo.
En el transcurso de casi tres décadas, he sido testigo del ascenso y descenso de la pareja, que se abrió camino en el entorno más cercano de Chávez hasta heredar la presidencia después de su muerte. Su régimen ha estado marcado por la represión y la explotación de las riquezas petroleras de Venezuela, lo que ha llevado a una crisis humanitaria en el país. La caída de Maduro ha dado esperanzas a muchos venezolanos, especialmente a aquellos que han sufrido persecución y destierro.
Algunos de los venezolanos asilados que han viajado desde varias ciudades de Estados Unidos para asistir a la audiencia ven en este proceso una oportunidad para saborear un poco de justicia. La represión de la disidencia ha sido una característica del régimen de Maduro, quien ha utilizado a los colectivos y a las Unidades de Batalla para controlar a la población. El Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional y la Dirección General de Contrainteligencia Militar también han investigado y apresado a cientos de civiles y militares señalados de rebeldes.





