En sus rostros y acentos puedo ver la historia de sus padres. Probablemente forman parte de ese medio millón de personas que buscan regularizar su situación. Pero ya están aquí, en nuestras escuelas, con nombres que a veces suenan a fantasía. Me pregunto qué significa para ellos tener un nombre que suena a 'amor' o 'príncipe'. ¿Es solo una palabra o una promesa?

La infancia escasea en estas páginas. Cuando aparece, suele ser en contextos trágicos. De vez en cuando, se habla del número de niños afectados por la violencia en Gaza o Líbano. Sus vidas se convierten en estadísticas y análisis geopolíticos. Pero hay otra infancia, una que no hace ruido y que no tiene voz. La de los niños que asisten a escuelas en barrios periféricos, que viven en condiciones precarias y que no tienen acceso a los mismos recursos que otros.

Esta mañana de marzo, tengo delante a dos clases de primaria. Tienen ocho años y una energía contagiosa. Les pregunto sus nombres y me dicen que significan 'amor' o 'bondad'. Me hace reflexionar sobre lo que significa ser niño en nuestra sociedad. ¿Qué necesidades tienen? ¿Qué podemos hacer para ayudarlos? La Cruz Roja los acoge en un espacio para que hagan sus deberes, pero ¿qué más se puede hacer?

Esa noche, veo una película que me hace reflexionar sobre la educación y la clase social. 'Altas capacidades' es una comedia que narra la historia de unos padres que buscan lo mejor para su hijo. Pero ¿qué significa 'lo mejor'? ¿Es sinónimo de éxito y pertenencia a una clase social? La película muestra cómo algunos padres tratan de que sus hijos cumplan sus sueños frustrados. Pero ¿qué pasa con aquellos que no tienen acceso a esos recursos?