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En los últimos años de la década de 1930, George Orwell reflexionaba sobre la clase dominante inglesa y su preocupante afinidad con Adolf Hitler. No solo se refería al gobierno de su majestad o al primer ministro Neville Chamberlain, sino que extendía su crítica a la élite acomodada, que parecía más cercana al líder nazi que a la democracia. Este temor a la izquierda organizada y a la posible pérdida de sus privilegios eternos era, según Orwell, una característica preocupante de la época.

Orwell también criticaba a la prensa y a la realeza inglesas por su falta de contundencia contra el régimen nazi. Recordaba cómo Inglaterra se había equivocado al no apoyar a la República española contra el fascismo de Franco, y cómo la izquierda gubernamental española temía más a la revolución que al propio fascismo. Señalaba que fue Winston Churchill quien finalmente marcó un punto de inflexión en la política británica.

La historia, como sabemos, no se repite exactamente, pero sí rima. Y en la era de Donald Trump, podemos ver paralelismos inquietantes con aquellos tiempos. La clase dominante, incluidos partidos conservadores y ciertos sectores de la izquierda, parecen incapaces de comprender la verdadera naturaleza de Trump.

No apoyar a Trump es hoy una urgencia democrática. Sus políticas autoritarias, anexionistas y belicistas, así como su desprecio por el derecho internacional, no parecen perturbar a la derecha convencional, que una vez más se muestra dispuesta a apoyar a los tiranos.