Si el objetivo es presentarse como el epítome de la moderación y el sentido de Estado, debe haber algo más que simples gestos de cara a la prensa internacional y videos atractivos en TikTok.
La leyenda de Pigmalión ha sido una fuente de inspiración para muchos pensadores y creadores. En la versión original de Ovidio, un escultor insatisfecho con la imperfección humana crea una estatua de marfil que representa su ideal. Maravillado por su propia obra, se enamora de ella y los dioses, conmovidos por su compasión, la convierten en una mujer real.
Siglos después, George Bernard Shaw transformó esta historia en una sátira mordaz de las rígidas clases sociales de la Inglaterra moderna. En su obra, *Pigmalión, un profesor de fonética, Henry Higgins, apuesta con un colega a que puede engañar a todo el mundo convirtiendo a una florista callejera de malos modos y lenguaje incomprensible, Eliza Doolittle, en una dama sofisticada. De esta manera, lo que antes era una mujer despreciada por su forma de hablar y comportarse, se convierte en una joven apreciada por su exquisito gusto y refinadas maneras.
La historia ha tenido numerosas adaptaciones y versiones modernas, desde Ninotchka hasta My Fair Lady o *Pretty Woman. La última versión se está representando ahora en España de la mano de Pedro Sánchez. Decidido a cambiar la imagen de su Gobierno, labrada durante ocho años en el poder, se ha deshecho de su combativa y gesticulante número dos, María Jesús Montero, para colocar al más 'tranquilo' y 'sosegado' Carlos Cuerpo.





