Hace unos días, tuve la oportunidad de releer algunas partes del libro Orden Mundial, de Henry Kissinger. Apenas había avanzado unas páginas cuando me di cuenta de la grandeza de Estados Unidos como nación líder mundial después de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de los errores cometidos, y qué potencia mundial no ha cometido errores a lo largo de su historia, el conjunto de valores, la calidad de sus instituciones, la amplitud de miras y el compromiso global con la defensa de las libertades individuales y colectivas, encarnan a la perfección a un estado nacido de los ideales de la Ilustración.
La lectura de aquel libro me hizo reflexionar sobre la situación actual de Estados Unidos. Observando el movimiento de los mercados en estos días, como resultado de la aparente falta de dirección de la actual administración estadounidense con relación a la crisis de Irán, tuve la sensación de que el país descrito por Kissinger poco tiene que ver con la nación actual.
El llamado 'excepcionalismo norteamericano' tiene su base en una sola palabra: confianza. Básicamente, se asienta en la singularidad de una nación con unos ideales fundamentados en la libertad, democracia y oportunidades individuales, que no solo devienen en un estado económica, política y militarmente poderoso, sino también con una misión universal para promover estos ideales.
Este excepcionalismo estadounidense, esta confianza, explicaría por qué buena parte de los inversores internacionales, públicos y privados, de democracias como Japón y el Reino Unido, y de países autocráticos como China, compran los bonos del tesoro de Estados Unidos, casi sin importar el nivel de deuda o déficit de las arcas estadounidenses. También explicaría la confianza global en el dólar, incluso después de 1971, cuando el presidente Nixon anunció el abandono de su convertibilidad al oro.





