Hace unos días, tuve la oportunidad de releer algunas partes del libro Orden Mundial, de Henry Kissinger. Apenas había avanzado unas páginas cuando me di cuenta de la grandeza de Estados Unidos como nación líder mundial después de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de los errores cometidos, y qué potencia mundial no ha cometido errores a lo largo de su historia, el conjunto de valores, la calidad de sus instituciones, la amplitud de miras y el compromiso global con la defensa de las libertades individuales y colectivas, encarnan a la perfección a un estado nacido de los ideales de la Ilustración.
La lectura de aquel libro me hizo reflexionar sobre la situación actual de Estados Unidos. Observando el movimiento de los mercados en estos días, como resultado de la aparente falta de dirección de la actual administración estadounidense con relación a la crisis de Irán, tuve la sensación de que el país descrito por Kissinger poco tiene que ver con la nación actual.
El llamado 'excepcionalismo norteamericano' tiene su base en una sola palabra: confianza. Básicamente, se asienta en la singularidad de una nación con unos ideales fundamentados en la libertad, democracia y oportunidades individuales, que no solo devienen en un estado económica, política y militarmente poderoso, sino también con una misión universal para promover estos ideales.
Este excepcionalismo estadounidense, esta confianza, explicaría por qué buena parte de los inversores internacionales, públicos y privados, de democracias como Japón y el Reino Unido, y de países autocráticos como China, compran los bonos del tesoro de Estados Unidos, casi sin importar el nivel de deuda o déficit de las arcas estadounidenses. También explicaría la confianza global en el dólar, incluso después de 1971, cuando el presidente Nixon anunció el abandono de su convertibilidad al oro.
La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha representado un cambio importante en cuanto al modus operandi estadounidense, en clave de relaciones internacionales. La nueva presidencia se desarrolla en un contexto geopolítico distinto al vivido desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición del bloque soviético.
El ascenso de China al estatus de gran potencia en el plano económico y el comienzo de la guerra en Ucrania, con el nuevo papel de Rusia, enmarcan un mundo distinto, más compartimentado, menos fluido, más mugriento, que el universo básico de la globalización. Pero dentro de este paisaje, Estados Unidos parece haber olvidado el sistema clave de alianzas, de 'poder blando' y de liderazgo en equipo que han marcado sus años como superpotencia.
La sensación es que el nuevo Estados Unidos desea recorrer este camino por sí misma, aprovechando su innegable fuerza económica y militar. En otras palabras, ha abandonado en la arena el liderazgo global para ser un 'primus inter pares' entre potencias. El conflicto actual en Irán supone un paradigma en estas nuevas formas de Estados Unidos.
No cabe ninguna duda de que Estados Unidos es y seguirá siendo durante mucho tiempo la primera potencia mundial: su economía, su moneda, su tecnología, su capacidad de despliegue militar global, que incluye once grandes portaaviones nucleares, no van a caer de la noche a la mañana. Pero el proceso se ha iniciado porque Europa ha descubierto que debe ser dueña de su destino y no dependiente de un país que ha cambiado las reglas del juego que le hicieron grande.
Desde el punto de vista económico, esto tiene dos implicaciones importantes: por un lado, la primacía del dólar a nivel global, una primacía que también tiene que ver con su ligazón al mercado mundial de petróleo. En los últimos meses, hemos asistido a una devaluación del dólar, que no obedece al relativo entre los tipos de interés entre Estados Unidos y la eurozona, sino a una menor apetencia global por la moneda estadounidense.
En un mundo en el que previsiblemente Estados Unidos jugará un menor peso como 'garante del comercio mundial', muchas naciones pueden comenzar a utilizar terceras divisas. Sin contar la menor apetencia por los bonos del tesoro, la deuda estadounidense, la base de la financiación de su poder, resulta sintomático que, incluso dentro de una gestión deshilvanada, Donald Trump suele dar marcha atrás cuando el bono a diez años llega a determinados baremos de rentabilidad.
Esto es bueno y nos hace no perder la esperanza de que los controles automáticos de su economía y política puedan funcionar. De no ser así, tal vez dentro de unos años, Estados Unidos sea un país poderoso, pero no excepcional.
Pedro del Pozo es director de Inversiones Financieras de Mutualidad
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Corresponsal Política
Periodista política con más de 15 años de experiencia cubriendo el Congreso de los Diputados.
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