La contundente derrota sufrida por la primera ministra ultraderechista Giorgia Meloni en el referéndum celebrado hace una semana sobre la reforma judicial ha demostrado que incluso el discurso más extremo tiene un límite para los ciudadanos italianos. La propuesta de modificar la Constitución para alterar las carreras de los jueces del poder judicial fue rechazada por el 53,7% de los votantes, lo que supone más de 14 millones de personas que se opusieron a la medida.
La líder de Hermanos de Italia había emprendido una reforma legislativa que, aunque no era original, seguía la misma línea que otros gobiernos afines ideológicamente en otras democracias: intentar limitar la independencia de los jueces para ampliar el poder del Ejecutivo. La polémica estaba servida desde el principio, y más aún cuando Giusi Bartolozzi, jefa de gabinete del Ministerio de Justicia, insultó a los jueces llamándolos "pelotón de ejecución" y anunció que, de ganar el referéndum, serían cesados.
Ese comportamiento arrogante en una democracia terminó de alertar a una opinión pública cada vez más recelosa del papel que Meloni ha jugado como interlocutora privilegiada en Europa de la internacional ultraderechista y de Donald Trump, que confunden los insultos con argumentos. Las protestas masivas en las calles italianas contra la guerra de Gaza y el ataque injustificado a ya eran un indicio de que la fascinación del electorado por el discurso populista de su primera ministra se estaba resquebrajando.





