El acto de compartir es un proceso complejo que implica la comprensión y madurez de varios aspectos del desarrollo infantil. Para que un niño comparta de manera consciente y generosa, es fundamental comprender que este proceso conlleva varias etapas, como la superación del egocentrismo, la integración de la idea de que al dar algo no se pierde para siempre, la empatía con la necesidad y la emoción del otro, y la capacidad de esperar y respetar turnos. Estos aspectos no son sencillos en ningún momento vital, y menos aún durante la primera infancia, ya que no es hasta pasados los cinco años cuando se comienza a adquirir esta habilidad de forma más natural y consciente.

Imagina que un adulto se sube en tu coche y pide conducirlo un rato explicando que él también quiere. Seguramente, nadie accedería a bajarse del vehículo y compartirlo con un extraño. Exactamente lo mismo le sucede a un niño en el parque cuando otro le pide su pelota o su muñeco. La diferencia es que el niño aún no es capaz de razonar lo que sucede, mientras que el adulto sí.

Sin embargo, bajo el pensamiento adultocentrista, se asume que los objetos del niño no son realmente suyos, sino que él solo dispone de ellos porque han sido comprados o dados por el adulto. Además, suele ser el adulto quien elige quién los tiene y durante cuánto tiempo en el caso de haber otros niños en el mismo espacio. En muchas ocasiones, esto sucede mientras el menor está jugando, por lo que, cuando se encuentra concentrado e inmerso en su principal labor, otro niño o incluso un adulto irrumpe para quitarle el juguete bajo la consigna 'hay que compartir'. De este modo, sus ritmos y necesidades se ven ignorados y se deja de lado la observación de lo que el menor requiere en ese instante.