Mientras el Gobierno y la jerarquía eclesial trabajan en un acuerdo para indemnizar a las víctimas de abusos sexuales, cientos de personas como Antonio Sánchez y Silvia Martínez luchan por superar los traumas de su pasado. Para ellos, la vida después de los abusos es un proceso de restauración que va más allá del dinero.
A los 13 años, Antonio experimentó el primer impacto traumático de su vida. «Estaba en mi habitación, haciendo los deberes, cuando de repente noté algo que no entendía», cuenta sentado en su salón, rodeado de recuerdos de su infancia. «Fue mi primer contacto consciente con lo que me había pasado años atrás». Antonio tiene hoy 76 años y en 1961, cuando apenas tenía siete, un religioso abusó sexualmente de él mientras estaba ingresado en un hospital de Madrid por poliomielitis.
«Recuerdo que mi abuelo estaba conmigo, pero no puedo mirar la cara de mi yo niño. Me da muchísimo miedo», confiesa. La institución religiosa contactó con él después de que su caso fuera publicado en un periódico. «Uno de los religiosos me pidió perdón, y pude ver el dolor en sus ojos. Para mí, la reparación es eso, no el dinero».
Silvia Martínez, por su parte, fue abusada sexualmente por un fraile en su colegio cuando tenía siete años. «Mi padre y mi madre habían estudiado en ese colegio, y todo el mundo le conocía», cuenta. «Pero nadie hizo nada para detenerlo». Silvia ha sufrido trastornos de la alimentación y ha tenido problemas para poner límites en sus relaciones.
En un encuentro organizado por la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania, seis víctimas de abusos sexuales en el seno de la Iglesia española se reunieron con cinco representantes de la institución. «Me robaron mi vida», dijo Silvia durante la reunión. «Yo he sobrevivido, pero no he vivido». Las víctimas compartieron sus historias y los representantes de la Iglesia escucharon y se disculparon.





