La violencia machista pierde su carácter de privilegio en el momento en que es reconocida como tal. La impunidad que la rodea se basa en el anonimato, la normalización y el silencio de quienes son testigos de estos actos. La sociedad juega un papel crucial en la perpetuación de esta violencia al permitir que se mantenga en la sombra.

El caso del sargento del Ejército de Tierra

Un reciente fallo del Tribunal Supremo ha confirmado la condena a un sargento del Ejército de Tierra que durante años humilló a una soldado con comentarios de contenido sexual ante sus compañeros. El sargento disfrutaba de cierta popularidad entre la tropa y utilizaba apodos para dirigirse a sus compañeros. Sin embargo, cuando una mujer se unió al grupo, lo que para ellos era una broma, para ella se convirtió en acoso y degradación.

La soldado se enfrentó a una situación hostil desde el principio. Descubrió que circulaba un sticker hecho a partir de una foto suya y se quejó ante el capitán, quien intervino y ordenó borrar la imagen. Sin embargo, el acoso continuó. El sargento le gritó delante de todos: 'Sube al camión, que tus compañeros te van a hacer un bukake'. La situación empeoró cuando el sargento le preguntó públicamente si se había vuelto lesbiana y si utilizaba penes de goma después de que ella se cortara el pelo.

La responsabilidad de quienes consienten

La sentencia del Tribunal Supremo establece claramente que el hecho de que los demás rían 'la gracia' no convierte la humillación en una broma. Sin embargo, queda una pregunta pendiente: ¿qué responsabilidad tienen quienes consienten con su silencio? La complicidad del entorno es crucial para sostener a los agresores. En otro caso que llegó al Supremo, un comandante del Ejército del Aire fue sancionado no por agredir directamente, sino por tolerar y reír los comentarios de un subordinado que humillaba a una teniente.