La distinción entre restaurantes vivos y muertos no es algo que comúnmente consideremos. Sin embargo, hay lugares que siguen abiertos mucho después de haber dejado de estar vivos. El sábado pasado, tuve la desafortunada experiencia de comer en uno de ellos.

La ruta era larga y la modorra comenzaba a hacerse presente. Al ver un restaurante a pie de carretera, me desvié hacia él. El establecimiento parecía abandonado, con un salón inmenso decorado con cabezas de jabalí en las paredes y carritos de plástico en los pasillos. La decoración incluía manteles de tejido de bata de parvulario a cuadros azul cielo y rosa chicle, con figuritas y luces de Navidad antiguas.

Un menú simple pero decepcionante

Me entregaron un menú con tres pasos: entrante, primero y segundo, con pan, agua, vino y postre, por dieciocho euros con cincuenta. La fórmula parecía sencilla y práctica, pero el espacio prácticamente vacío me hizo dudar. Opté por platos simples: sopa de pescado, ensalada variada y pollo rebozado.

La sopa de pescado parecía algo que había sido comido antes de ser servido. La ensalada variada estaba caliente, probablemente por haber pasado horas en la cocina. El pollo rebozado llegó acompañado de patatas bañadas en un aceite con sabor a pantano. No supe por qué probé la crema catalana de postre.

La realidad detrás de la sonrisa

Al pedir la cuenta, pregunté a la camarera cómo iba el negocio. Su respuesta fue una homilía familiar: costes altos, gente reacia a gastar, jóvenes que no quieren trabajar. Sin embargo, su sonrisa jovial contrastaba con la realidad de los platos, que rozaba lo tóxico.