La doble vida del guardaespaldas de Tony Soprano

Federico Castelluccio es actor, pintor y restaurador de arte. Hace un año, en la feria de Maastricht, el director de la National Gallery de Londres, Gabriele Finaldi, contó una historia extraordinaria sobre cómo este napolitano resolvió en una semana lo que los restauradores estadounidenses no habían conseguido en tres meses: devolver la mano a un San Serapio pintado por Francisco de Zurbarán en 1628.

El cuadro, una joya del barroco español conservada en el Wadsworth Atheneum de Hartford (Connecticut), había sufrido una mala restauración en el siglo XIX que dejó la mano derecha del santo completamente repintada. Cuando el conservador del museo decidió restaurarlo antes de prestarlo a una exposición en Europa, el repinte desapareció al eliminarlo. Quedó un muñón.

Una semana, un avión privado y una mano perfecta

Castelluccio estaba rodando una película en Bélgica cuando lo contactaron. Lo recogieron en avión privado. En siete días, el actor-pintor eligió un modelo, estudió la anatomía original y pintó una mano tan creíble que, paradójicamente, dejó de atraer las miradas. "Eligió un modelo para que posara como el santo y pintó una mano tan próxima al original que dejó de atraer las miradas", explicó Finaldi.

La anécdota cobra más sentido cuando se conoce el historial de Castelluccio con el arte. En 2010, en una subasta de Fráncfort, compró por 50.000 euros un cuadro de San Sebastián atribuido a un pintor anónimo del siglo XVIII. Su intuición le decía que bajo la capa amarilla de barniz se escondía algo más valioso. Tenía razón: era una obra de , uno de los grandes maestros italianos del siglo XVII. Los expertos validaron su atribución —algo insólito en una compra privada— y el cuadro se expuso en el museo de Princeton. Hoy está valorado en .