La escena que no olvidaremos
Esta semana pasada el Tribunal Supremo fue escenario de un momento que cualquier guionista de cine reconocería al instante. Cuando el abogado de José Luis Ábalos —acusado de corrupción en el caso de las mascarillas— le preguntó a Jessica Rodríguez, expareja del exministro y testigo de cargo, si se dedicaba a la prostitución, sucedió algo que parecía sacado de un libreto de Hollywood.
Rodríguez respondió con claridad: "No. Soy dentista colegiada y, antes, azafata de imagen". Mientras tanto, Ábalos permanecía en el banquillo, pequeñito, como si no fuera él quien estuviera siendo juzgado por esquilmar fondos públicos.
Los hechos: qué pasó en el tribunal
La pregunta no era casual. Es verdad que Jessica Rodríguez aceptaba que Ábalos le pagara un alquiler de lujo, que le consiguiera empleos públicos sin apenas trabajar y que la llevara a viajes oficiales. Pero eso es exactamente el punto: la estrategia de defensa consistía en sembrar la duda sobre ella, no sobre los actos del acusado.
Lo llamativo no fue la pregunta en sí —que es, efectivamente, táctica de defensa—, sino lo que reveló sobre dónde recae la vergüenza en este país. Mientras Rodríguez acudía al tribunal con mascarilla, peluca, gafas y pañuelo negros, Ábalos llegaba a panza gentil, como si nada tuviera que ocultar.





