La trampa sensorial de la Semana Santa
Esta Semana Santa hemos visto algo inusual: procesiones religiosas y conciertos de artistas como Rosalía funcionando como espectáculos de masas, compartidos obsesivamente en redes sociales. No se trata de un resurgimiento de la fe, sino de algo más primitivo: la necesidad física de saturar sentidos que están insensibilizados por el exceso digital.
Un encuentro casual en Málaga lo explica bien. Al doblar una esquina, la catedral, el movimiento de un paso religioso, el olor a incienso, el sol en la cara y un himno épico crean una experiencia inmersiva. El efecto es casi hipnótico. Pero detrás de ese hechizo está un mecanismo que la ciencia conoce desde los años cincuenta: el estímulo supernormal.
Cómo nos manipulan los estímulos exagerados
Los biólogos Konrad Lorenz y Niko Tinbergen descubrieron que los pájaros preferían incubar huevos enormes de yeso pintado de azul fluorescente con lunares negros antes que sus propios huevos naturales. El instinto animal no distinguía entre lo real y lo hiperreal: elegía lo exagerado.
Ese mismo principio funciona con los humanos. La comida basura enloquece nuestras papilas gustativas más que una manzana. Los labios artificialmente grandes despiertan más deseo que los convencionales. Un móvil brilla ante nuestros ojos más que el horizonte. La historia de la humanidad es un intento constante de llevar los sentidos al límite: desde las rutas de especias y perfumes hasta las catedrales góticas, pasando por la invención de la televisión.





