EE UU sigue siendo la potencia hegemónica, pero sus indicadores macroeconómicos revelan un inicio de deterioro. Los déficits externos se sitúan en niveles históricamente altos y la deuda neta externa supera los 30 billones de dólares. Este desequilibrio obliga al país a financiarse con flujos de capital cada vez más caros, lo que encarece la inversión y la producción.
El deterioro se debe a una combinación de factores estructurales. El endeudamiento externo ha crecido de forma sostenida, impulsado por déficits comerciales que superan los 500 mil millones de dólares anuales. Al mismo tiempo, el déficit público se mantiene por encima del 7 % del PIB, financiado mediante emisión de deuda que eleva los tipos de interés.
Los hogares estadounidenses presentan una tasa de ahorro inferior al 5 % del ingreso disponible, una de las más bajas entre las economías desarrolladas. Esta falta de ahorro reduce la capacidad de inversión interna y aumenta la dependencia del crédito externo. La desigualdad salarial también se ha ampliado: mientras los salarios reales apenas crecen, los márgenes de beneficio empresarial siguen expandiéndose, generando tensiones sociales.
Las políticas proteccionistas, lideradas por la administración actual, han incrementado los aranceles sobre productos importados. Estas medidas encarecen los insumos y los bienes de consumo, alimentando la inflación y erosionando la competitividad de la industria nacional. La combinación de inflación alta y crecimiento del PIB desacelerado crea un círculo vicioso que dificulta la recuperación.
Contexto histórico del declive imperial
Según la teoría de Antonio Gramsci, los imperios atraviesan tres fases: auge, estancamiento de la productividad y declive. En el auge, la productividad crece de forma sostenida y los salarios aumentan sin necesidad de endeudamiento excesivo. En el estancamiento, la productividad se ralentiza, pero la población sigue esperando progreso, lo que lleva a un aumento del endeudamiento y a la expansión de los mercados financieros.
En la fase de declive, aparecen tensiones sociales y políticas proteccionistas. Los partidos nacionalistas ganan terreno al prometer soluciones rápidas, a menudo culpando a factores externos. Este patrón se ha repetido en imperios anteriores, desde el Imperio Romano hasta la Gran Bretaña del siglo XX. EE UU muestra hoy los mismos síntomas: déficits externos elevados, deuda neta excesiva, bajos ahorros familiares y políticas proteccionistas que elevan precios y salarios, reforzando la presión inflacionaria.
El resultado es una economía que se vuelve menos sostenible y más vulnerable a choques externos, como conflictos bélicos que pueden interrumpir rutas comerciales y energéticas. La actual agresividad militar de EE UU, orientada a preservar su influencia, aumenta el riesgo de disrupciones que podrían agravar aún más la inflación y frenar el crecimiento.
*Perspectivas
Si la tendencia continúa, EE UU podría enfrentar una desaceleración prolongada, con consecuencias para los mercados globales. Los inversores deberán vigilar de cerca los indicadores de deuda y déficit, así como la evolución de las políticas comerciales y la estabilidad geopolítica. El declive de la hegemonía estadounidense no es inevitable, pero requerirá una reorientación profunda de la política fiscal, el ahorro interno y la apertura comercial para evitar un deterioro más agudo.