La reciente crisis en el estrecho de Ormuz ha desencadenado una serie de eventos que ponen de relieve la necesidad de que la Unión Europea (UE) acelere su transformación y se adapte a un mundo cada vez más complejo y dinámico. La guerra en Oriente Medio, más allá de sus graves consecuencias para la estabilidad global, ha demostrado que Irán ha logrado desarrollar una estrategia asimétrica efectiva frente a la superioridad militar y tecnológica de Estados Unidos e Israel.
La capacidad de Irán para controlar el estrecho de Ormuz y restringir el acceso a este vital paso marítimo ha provocado una de las mayores crisis energéticas de la historia. La parálisis de esta ruta marítima crítica ha generado una pérdida de 11 millones de barriles diarios de crudo, lo que representa una contracción de más del 220% en comparación con la caída de 5 millones de barriles diarios registrada durante las crisis del petróleo de 1973 y 1979.
Mientras que países como Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han frenado su producción de insumos energéticos y industriales debido a la falta de una vía marítima alternativa, Catar se enfrenta a una reducción del 17% en su oferta de gas natural licuado (GNL) durante los próximos tres años, tras el ataque iraní al mayor complejo gasístico del mundo. Por otro lado, Arabia Saudí intenta mantener el suministro energético a través del mar Rojo.
Mientras tanto, Irán ha logrado exportar el mayor volumen de petróleo desde 1978, lo que, unido a la retirada temporal de las sanciones de Estados Unidos al gas y al crudo ruso e iraní, beneficia la capacidad de ambos países para financiar la guerra en Ucrania y el conflicto en Oriente Medio, respectivamente. En este contexto, el régimen de los Ayatolas podría haber creado un peaje en yuanes para permitir el paso por el estrecho de Ormuz de embarcaciones de países aliados o afines.
A la espera de cómo evolucione la situación en Oriente Medio, tras el impasse de cinco días anunciado por el presidente Trump y los contactos diplomáticos impulsados por Turquía, Pakistán o Noruega, los europeos deben tomar conciencia de las lecciones de este nuevo evento histórico sin precedentes. Probablemente, la Administración estadounidense, ante el coste económico de la guerra, la división de las bases MAGA y las consecuencias sobre el partido Republicano en las elecciones de midterm en noviembre, intente poner fin al conflicto, reflejando su posición de liderazgo geoeconómico, militar y tecnológico frente a China.
La operación Furia Épica no solo abre un nuevo y peligroso precedente internacional, sino que también pone en evidencia que no hay que subestimar la alianza de China-Rusia-Irán-Corea del Norte. Un conflicto prolongado entre Estados Unidos-Israel e Irán podría sumergir a la economía mundial en un periodo complejo e incierto y acelerar las aspiraciones del Gobierno de Xi Jinping hacia Taiwán, especialmente si Estados Unidos se ve obligado a redoblar su esfuerzo militar en Oriente Medio en detrimento de su capacidad para defender a sus aliados en Asia-Pacífico.
En un entorno en el que surgen dudas sobre cómo quedará definido el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, especialmente si la teocracia iraní logra imponer un nuevo ordenamiento en favor de sus intereses geoeconómicos, y hasta qué punto será posible restablecer a corto plazo el suministro de insumos críticos y la seguridad en el resto de los países del Golfo Pérsico, el desorden mundial seguirá presente. Europa, por el momento, no ha sido capaz de trazar una estrategia que le permita erigirse en la potencia alternativa del siglo XXI.
Tras más de cuatro años de tomar conciencia del riesgo que representa Rusia, las lecciones aprendidas en Groenlandia y con la operación Furia Épica no dejan margen para posponer las reformas de calado que deben adoptar los gobiernos de la UE con consenso y pragmatismo. Especialmente cuando los ciudadanos del Reino Unido han comenzado a reconocer el coste del Brexit y la importancia de recuperar los lazos estratégicos con sus vecinos de continente, o cuando países que, personalmente, nunca pensé que formarían parte del bloque europeo replantean su posición.
Así, Islandia celebrará en agosto un referéndum sobre su adhesión a la UE, y en Noruega el partido de la oposición ha recuperado el debate sobre esta cuestión. Sin olvidar que el primer ministro de Canadá ha acelerado los pasos para hacer realidad progresivamente su histórico discurso en Davos, como muestra la declaración conjunta con los países nórdicos para reforzar la defensa del Ártico frente a Rusia, garantizar las cadenas de suministro energética y de minerales críticos, y reforzar las infraestructuras de tecnologías esenciales para la IA, la computación, la navegación y el espacio.
Por ello, los efectos en cascada de un conflicto en un enclave estratégico deberían acelerar un proceso que permita a la UE aumentar su necesaria independencia energética, impulsando para ello las interconexiones y un mix energético con mayor peso de las fuentes renovables -como han logrado España, Suecia o Finlandia- y de la energía nuclear, con el apoyo en su caso del despliegue de pequeños reactores modulares.
Al mismo tiempo que podría favorecerse la competitividad del tejido empresarial europeo, en un mundo marcado por la sobrecapacidad industrial de China y elevados niveles de incertidumbre, eliminando el Impuesto sobre el Valor de la Producción de Energía Eléctrica, explorando recursos fósiles propios como se plantea Rumania, y abriendo una reflexión sobre cómo debería diseñarse el mercado energético europeo ante la nueva era geopolítica y las oportunidades que abre los avances tecnológicos.
De la misma forma que la UE, para garantizar su suministro de materias primas fósiles a corto plazo, y de otros insumos críticos tendrá que reforzar sus alianzas con Canadá, Noruega, Australia, Japón o Corea del Sur ante su importante rol en el suministro de energías fósiles, tierras raras o semiconductores. Sin olvidar que ante las incógnitas que abre la evolución de la guerra en Oriente Medio sobre las cadenas de suministro y la senda socioeconómica del resto de países del Golfo Pérsico, Europa tendrá que buscar vías para recuperar influencia geopolítica y económica en América Latina.
Para lo que será clave establecer un marco de relaciones alternativo frente al orden mundial que dibuja China y la filosofía MAGA, en el que los europeos deberíamos recordar el papel que jugó Estados Unidos en la II Guerra Mundial, que el presidente Trump pasará y su gestión está siendo cuestionada por los propios estadounidenses.
El camino que debe emprender el continente europeo es complejo, ya que exigirá redefinir el Estado de Bienestar, acelerar la soberanía estratégica, la competitividad o la defensa común. Las nuevas alertas deberían por fin acelerar el proyecto de Europa.
Alicia Coronil es economista jefe de Singular Bank, asesora del Círculo de Empresarios, y miembro Consejo Asesor de LLYC.
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Corresponsal Internacional
Corresponsal internacional con base en Bruselas. Experta en asuntos europeos.
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