La empresa aragonesa Forestalia se ha convertido en un referente en el sector de las energías renovables en España, pero su rápido crecimiento ha generado tanto admiración como controversia. Con una trayectoria fulgurante, la compañía ha pasado de ser una pequeña promotora de proyectos renovables a convertirse en un actor clave en proyectos estratégicos que trascienden el sector energético.
La historia de Forestalia comienza en un contexto en el que Aragón ya se había posicionado como una de las regiones líderes en la transición energética en España. La comunidad autónoma cuenta con recursos eólicos y solares privilegiados, lo que la convierte en un territorio ideal para la implantación de parques eólicos y plantas fotovoltaicas. La calidad del viento en el valle del Ebro, la elevada radiación solar y la disponibilidad de suelo han facilitado la expansión de las energías renovables en la región.
El despliegue de molinos y placas solares en Aragón se remonta a mediados de los años 90, cuando los primeros aerogeneradores comenzaron a instalarse en municipios como La Muela (Zaragoza). A partir de ahí, la región ha ido construyendo un modelo propio de desarrollo energético. Un plan autonómico, el PEREA, permitió ordenar el crecimiento y garantizar la evacuación de energía en los primeros años del nuevo siglo. La planificación pública, combinada con el interés empresarial, situó a Aragón en una posición de ventaja.
Sin embargo, el modelo se quebró con el concurso eólico de 2011, que acabó judicializado y derivó en un bloqueo de varios años que frenó el desarrollo del sector. La moratoria estatal impulsada por el Gobierno de Mariano Rajoy (PP) también congeló nuevas inversiones durante varios ejercicios. Aragón pasó entonces de ser un referente a un territorio en pausa.
El desbloqueo llegó en 2016 con el primer Gobierno de Javier Lambán (PSOE), que resolvió el conflicto judicial y abrió de nuevo la puerta a los proyectos. Coincidió con las grandes subastas estatales de renovables impulsadas en la etapa de José Manuel Soria (PP) al frente del Ministerio de Industria. Y ahí comenzó una nueva etapa para Forestalia.
La compañía, fundada y liderada por el empresario zaragozano Fernando Samper Rivas, irrumpió en el sector con una estrategia innovadora. En apenas año y medio, Forestalia se adjudicó cerca de 1.500 megavatios eólicos, alrededor del 40% del total. Un resultado que sorprendió al sector y alteró el equilibrio tradicional dominado por las grandes eléctricas.
La clave de su éxito fue su apuesta por acudir sin primas públicas. Forestalia defendió que la rentabilidad era posible apoyándose en la caída de costes tecnológicos y en la calidad del recurso eólico. Detrás de ese golpe de efecto estaba Samper, un empresario atípico en el sector al que pronto bautizaron como «el nuevo rey del viento» en España.
Nacido en Zaragoza en 1964, Samper pertenece a la tercera generación de una familia ligada al negocio porcino, el Grupo Jorge, el mayor productor de cerdos en España tras Vall Companys. Sin formación universitaria y con un marcado carácter autodidacta, se formó en el seno del citado gigante cárnico, donde llegó a ejercer como consejero delegado y participó activamente en su expansión e internacionalización.
Fue en esa etapa donde entró en contacto con las energías renovables. A finales de los años 90 comenzó a promover proyectos eólicos y fotovoltaicos, anticipando un movimiento que tardaría años en consolidarse. Su abrupta salida del grupo en 2011, tras desavenencias internas, marcó un punto de inflexión. Como parte del proceso de separación, se quedó con activos energéticos y los convirtió en el germen de Forestalia.
Desde ahí comenzó a construir una cartera de proyectos en la sombra, asegurando puntos de evacuación y madurando desarrollos a la espera de un cambio de ciclo. Las subastas fueron ese momento. Discreto, poco dado a la exposición mediática y con un estilo de gestión basado en la anticipación y la eficiencia, Samper ha construido su figura lejos de los focos, generando una mezcla de admiración y escepticismo en el sector.

El éxito de Forestalia coincidió con una avalancha inversora sin precedentes en Aragón, que pasó a concentrar una parte sustancial de la potencia adjudicada en las subastas estatales. En pocos años, la comunidad multiplicó su capacidad renovable. Hoy es la segunda en potencia eólica instalada, con más de 6.000 megavatios, y la quinta en fotovoltaica, rozando los 4.000 megavatios. Forestalia fue, sin lugar a dudas, el gran catalizador de ese proceso, pero no el único. Grandes eléctricas, fondos internacionales y empresas locales se sumaron a una carrera inversora que ha transformado el paisaje y la economía energética de Aragón.
El crecimiento de la compañía no se basó en acumular activos, sino en desarrollarlos y rotarlos. Su modelo consiste en asegurar puntos de evacuación, tramitar proyectos y, una vez maduros, incorporar socios o vender participaciones. El entramado empresarial se articula en torno a Fernando Sol, la sociedad matriz del grupo, desde donde se controla una estructura compleja que ha permitido crecer con rapidez y diversificar actividad.
En cifras, Forestalia ha desarrollado más de seis gigavatios de proyectos renovables y mantiene una cartera similar en distintas fases de tramitación. La compañía trató también de diversificar con la biomasa. Su principal activo es la planta de Cubillos del Sil (León), de cerca de 50 megavatios, desarrollada con apoyo público.
Sin embargo, estas infraestructuras han encontrado una fuerte contestación social y ambiental, además de obstáculos administrativos, convirtiéndose en uno de los principales cuellos de botella del modelo. El auge de las renovables y Forestalia no ha estado exento de tensiones. El impacto territorial ha generado oposición en algunas zonas, especialmente en Teruel, alimentando el debate entre transición energética y conservación del paisaje.
En el plano empresarial, su irrupción generó suspicacias. Su modelo, rápido y agresivo, abrió una brecha en el oligopolio eléctrico. A ello se suman elementos controvertidos como la incorporación de perfiles políticos o la percepción de opacidad. Con el tiempo, Forestalia ha ido más allá del negocio energético, participando en proyectos como centros de datos o la gigafactoría de baterías de Figueruelas, consolidándose como un actor transversal en la economía aragonesa.
El foco judicial se articula en varias líneas que analizan presuntas irregularidades en la financiación pública y en la tramitación ambiental. Entre los casos figura su vinculación con el denominado caso Leire Díez y, especialmente, las investigaciones sobre el Clúster Maestrazgo, el mayor proyecto eólico terrestre promovido en España.
El caso ha incluido registros en sedes de la compañía, detenciones y actuaciones policiales que han situado al grupo en el centro del foco mediático. Con las diligencias en curso, el desenlace es incierto, pero el impacto reputacional ya es evidente.
La trayectoria de Forestalia ha marcado la historia reciente del sector energético aragonés, reflejando tanto el auge de las renovables como los límites de un modelo en madurez. El viento sigue soplando en Aragón. La cuestión es en qué dirección.
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Editora de Tecnología
Editora de tecnología. Especialista en inteligencia artificial y transformación digital.
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