A corto plazo, el principal beneficiario de la escalada del conflicto en Irán es Rusia. Nadie puede predecir con certeza quién saldrá victorioso de esta guerra, ni siquiera si habrá vencedores. La mayoría de los expertos coinciden en que China se beneficiará estratégicamente de un conflicto que podría dañar gravemente a quien lo ha desencadenado: a Trump inmediatamente en las elecciones de mitad de mandato, en beneficio de sus rivales demócratas; a largo plazo, a Estados Unidos, que está desviando recursos militares destinados a Asia-Pacífico para competir y contener a China en Oriente Próximo, donde necesita derrotar a Irán. En el plazo más corto de los beneficios inmediatos, no hay muchas dudas de que es Putin quien está recogiendo las nueces, para disgusto y alarma de Ucrania y de sus aliados europeos.

Israel es un caso aparte, en el que hay que distinguir los intereses de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, de los de sus ministros ultraderechistas y de los de Israel. El ejército israelí está consiguiendo victoria tras victoria militar, aunque no es seguro que luego se traduzcan en victorias políticas. Netanyahu ha cumplido su sueño guerrero de atacar directamente a Irán, perseguido obsesivamente durante 40 años, hundiendo de paso cualquier idea de Estado palestino. Ha entregado a la extrema derecha un mapa de Oriente Próximo de aires imperiales, que permite a los más fanáticos, como el embajador de Estados Unidos, Mike Huckabee, predicar el delirio bíblico de un Gran Israel que se extienda desde el Nilo hasta el Éufrates. La derrota política entera es para el Israel pluralista y democrático, de fronteras estables y reconocidas por todos, capaz de reconciliarse y hacer la paz con sus vecinos palestinos.