En nuestra vida diaria, nos enfrentamos a dilemas morales que parecen no tener solución. Anhelamos ser perfectos, actuar siempre con bondad, pero en nuestro intento de alcanzar ese ideal, estamos condenados a fracasar. Después del fracaso, quizás nos laceremos, porque una parte de nosotros no renuncia a la persona que podríamos haber sido si hubiéramos elegido de manera diferente. Esta persona ya no existe, y quizá nunca volverá a serlo. ¿Quién no se ha encontrado entre la espada y la pared, obligado a elegir entre ser leal a un amigo y traicionar a otro? ¿Quién no ha tenido que medir sus acciones con la conciencia de que, sin importar lo que hiciera, estaría obrando mal para alguien, gestionando el dolor pero no evitándolo? La ilusión de ser perfectos es un reflejo infantil, propio de quien teme el castigo o la reprimenda. La adultez, por otro lado, tiene mucho que ver con aceptar que, a veces, obrar bien es obrar mal, sin pureza de por medio. La pureza, como sueño, es una expresión de insatisfacción; los sueños, en sí mismos, son sueños.
La búsqueda de soluciones para problemas que no las tienen es algo común a la condición humana. Queremos resolver lo irresoluble, encontrar una solución para lo que no tiene remedio. Quizás esta sea una característica inherente a la humanidad: buscar respuestas a preguntas que no tienen solución. He reflexionado sobre esto en varias ocasiones esta semana, en relación con mis propios dilemas morales diarios y también al leer sobre el caso de Noelia y su recurso a la eutanasia.
Me duele que alguien prefiera quitarse la vida a seguir viviendo, porque considero que la vida, incluso en su dolor, es algo hermoso y valioso en sí mismo. Sin embargo, respeto absolutamente el derecho a la eutanasia, el derecho a una muerte digna, y no me habría atrevido a cuestionar la voluntad de Noelia ni de tantos otros. La eutanasia puede ser a la vez un fracaso social, una tragedia y la única manera de dar dignidad y autonomía en la muerte y la enfermedad. Es un fracaso social porque la soledad es un problema social, porque las familias disfuncionales y maltratadoras no son islas separadas del mundo entero, porque las instituciones podrían hacer más y la ayuda que brindan es insuficiente.





