En el corazón de Palma, el barrio de Santa Catalina ha experimentado una transformación radical en los últimos años. Lo que una vez fue un barrio pesquero con una fuerte identidad local, ahora se ha convertido en un enclave globalizado donde la vivienda se ha convertido en un producto de inversión. Los vecinos de toda la vida, como Antoni, de 79 años, expresan su descontento con la situación actual: "Esta barriada se ha vuelto infernal". El ruido constante, los conflictos nocturnos y la sensación de abandono han llevado a muchos residentes a plantearse abandonar el barrio.
La transformación no solo es perceptiva, sino que también se refleja en los números. El precio de la vivienda en Santa Catalina se ha disparado, alcanzando los 6.200 euros por metro cuadrado, lo que supone un aumento del 14% solo en el último año. El alquiler más barato ofertado en la zona asciende a 1.100 euros por un piso de 50 metros sin amueblar. Las inmobiliarias escandinavas han jugado un papel clave en este proceso, actuando como intermediarias entre compradores del norte de Europa y el mercado local.
Uno de los vecinos, Tomeu, recuerda con nostalgia cómo su abuelo tenía un colmado en la zona, que ahora ha cambiado de manos y se ha convertido en un bar de tostadas de aguacate. La pérdida de comercios de proximidad y la llegada de establecimientos de consumo global han alterado la esencia del barrio. "Solo quedan algunos negocios de siempre, y poco más", lamenta Tomeu.
La irrupción de inversores extranjeros, principalmente escandinavos, se remonta a 2013, tras la crisis de 2008. Edificios enteros han cambiado de manos, y el patrón se repite: compra a precios relativamente bajos, rehabilitación integral y posterior venta como producto de lujo dirigido a compradores internacionales. Las agencias inmobiliarias, como BO Mallorca, fundada por Vivian Grunblatt, han sido fundamentales en este proceso.





