Durante siglos, el camino desde la huerta hasta Alicante era una travesía difícil que la mayoría de los habitantes realizaba a pie, a menudo descalzos para preservar sus alpargatas antes de entrar en la ciudad. La llegada del tranvía, impulsada por el Barón de Petrés, cambió esta realidad al conectar las zonas agrícolas con la capital de la provincia. El 23 de abril de 1902, el tranvía de la huerta fue inaugurado oficialmente, marcando el comienzo de una nueva era de movilidad en la comarca. En sus inicios, el tranvía utilizó caballos y mulas para arrastrar los vagones por los caminos polvorientos de la época. Los habitantes de Santa Faz, Sant Joan y Mutxamel celebraron con júbilo la llegada de los primeros coches, acompañada de música y repiques de campanas.

La primera etapa del tranvía fue crucial para unir un territorio que dependía en gran medida de la agricultura y necesitaba una conexión más fluida con el núcleo urbano. Sin embargo, la evolución técnica no tardó en llegar, y en diciembre de 1903, el vapor reemplazó definitivamente a las mulas, aportando una potencia que transformó el paisaje con sus característicos penachos de humo negro. Bajo la gestión de una compañía belga, este sistema de transporte se convirtió en un símbolo de progreso, aunque no estuvo exento de críticas por la falta de mantenimiento de sus vías. El vapor permitió transportar a una creciente masa de trabajadores, especialmente a las cigarreras de la Fábrica de Tabacos y a los esforzados estibadores del puerto alicantino.

Las autoridades locales celebraban cada avance técnico con banquetes y discursos, conscientes de que el tranvía era el motor principal de la economía de la provincia. El trayecto atravesaba paisajes idílicos salpicados de villas suntuosas, torreones árabes y frondosos jardines como los de Pinohermoso en el municipio de Sant Joan. Sin embargo, las lluvias torrenciales de principios de siglo dañaron seriamente las infraestructuras, obligando en ocasiones a regresar temporalmente al antiguo arrastre por caballerías.