En una mesa llena de personas que habían consagrado su vida al deporte profesional, la conversación se centró en los sacrificios y desafíos que conlleva esta carrera. Se habló de los dolores y lesiones, de la renuncia a una vida convencional y de la desazón que aparece cuando no se alcanzan las metas. También se mencionó la idea de que siempre se podría haber dado un poco más y la obsesión con los errores que persiguen como fantasmas. La vejez prematura del cuerpo después de años de rendir al máximo y la necesidad de reinventarse tras la retirada fueron temas que también se tocaron. Fue un intercambio arrollador.
En un momento dado, el silencio se apoderó de la mesa. Alguien me preguntó si, a pesar de todo, me gustaría que alguno de mis hijos fuese un deportista de élite, quizás un futbolista. No supe qué responder de inmediato. Dudé. Miré a mi alrededor y decidí pasarle la pregunta a ella. Fue como si le hubiese pasado un balón, una asistencia a alguien que está en mejor posición para marcar.
'Sí, si tuviera un hijo o una hija, seguro que sí', respondió con convicción.
No fue solo una respuesta para salir del paso. Me interesaba su opinión. La conozco desde hace mucho tiempo. Nekane Díez, la delantera que irrumpió en la Primera División con solo 15 años y se mantuvo allí durante 16 temporadas. Siempre en el mismo club. Casi 400 partidos. Más de 150 goles. Una jugadora que también sufrió lesiones, una tras otra, hasta que un día no pudo seguir más.
La vi triunfar y caer, caer y volver a triunfar. Mientras los demás hablaban de esas caras B del deporte, recordé una conversación que tuvimos en una cafetería en días grises en los que ella luchaba contra su destino y su rodilla. Llevaba tiempo apartada del verde. Me habló de dolor, de miedo, de sufrimiento. Sentí una pena enorme por ella, a quien admiraba y sabía fuerte.
Por eso le pasé la pregunta. Porque sabía que ella había conocido la versión amarga del deporte de élite, esa que los demás solo podemos intuir. Porque sabía que había sufrido tanto que a veces se rompió por dentro.
Y por eso también insistí un rato después. Un hijo, una hija, con una carrera todavía por escribir desde cero. Pero, ¿y ella? ¿Volvería a empezar? Reformulé la cuestión al modo del eterno retorno de Nietzsche: si tuviera la posibilidad de rebobinar su vida, volver al comienzo de su carrera y vivir de nuevo cada momento grandioso, cada gol de esos más de ciento cincuenta, pero también volver a probar el sabor amargo de las lesiones, la caída, la ansiedad, el miedo, la retirada, el dolor… ¿lo haría?
No dudó ni un segundo en responder: 'Sí. Una y otra vez, sí'.
Me reconfortó escucharla, porque ella es formadora. Ya en sus años de profesional ocupaba sus ratos libres entrenando a niñas en un equipo de pueblo. La vi muchas veces (mi hijo jugaba en aquel club) y nunca se me escapó la mirada de admiración de las pequeñas, que proyectaban en la delantera sus sueños de futuro. Nada hay más importante, cuando se trata de transmitir algo, que seguir sintiendo pasión por ello.
Sí, respondió, y creo que me miró al hacerlo como si respondiera a un reto. ¿Qué esperabas, amigo? ¿Que te dijera que no? ¿Que no merece la pena? ¿Que dudara?
Sonreí y apliqué la pregunta a lo mío: ¿volvería a pasar por todo, por cada momento, exactamente tal como fue? ¿Por cada alegría y cada lágrima? Porque al final no hablábamos solo de fútbol, sino de la necesidad de vivir plenamente, de entregarse a una tarea hasta hacerla parte de uno mismo, de dejarse el alma en un balón dividido o en una frase que no termina de sonar perfecta. Jugar, escribir, pintar, enseñar: da igual el verbo. Lo importante es no olvidar por qué empezamos a hacerlo, qué nos llevó hasta ahí, y sentir que merece la pena incluso cuando las cosas no salen bien, cuando la tarea exige más de lo que devuelve.
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Crítico Cultural
Crítico cultural y escritor. Colaborador habitual en medios literarios.
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