La lección de Franco que la derecha española no ha aprendido
La historia tiene una manera incómoda de repetirse. Cuando le preguntaron a Franco sobre la muerte del general Campins en 1936, respondió con una frialdad que define toda una era: "Lo fusilaron los nacionales". Como si aquella atrocidad no tuviera nada que ver con él, como si no fuera el jefe indiscutible de los golpistas.
Campins fue un militar que cometió el error de ser legalista. Al frente del Ejército de Granada en julio de 1936, se negó a sumarse al golpe sin haber sido informado de la conjura. Su primer impulso fue obedecer al Gobierno del Frente Popular. Queipo de Llano, el general rebelde en Andalucía, no se lo perdonó: lo detuvo, lo trasladó a Sevilla y lo fusiló en las tapias de la Macarena.
Franco, que había sido compañero de armas de Campins en Marruecos, hizo tímidas gestiones para salvarlo. Pero lo revelador no fue su clemencia fracasada, sino cómo se auto absolvió después: con esa cínica frialdad de quien se sitúa fuera del crimen, como si él no fuera responsable de nada.
El PP de Feijóo juega el mismo juego
Nueve décadas después, esa amoralidad sigue siendo el ADN de la derecha española. El PP actual pretende que no tiene nada que ver con el PP de Rajoy, que protagonizó una corrupción sistemática y luego utilizó el Ministerio del Interior para obstaculizar las investigaciones de sus propios escándalos. Es el mismo PP que quiere que olvidemos que de George W. Bush.





