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Un estudio de dos antropólogos españoles alerta sobre un riesgo oculto en las iniciativas de apoyo entre iguales en salud mental. Aunque estas iniciativas —conocidas como 'peer to peer'— nacen con un potencial transformador, pueden ser absorbidas por las instituciones para neutralizar su capacidad crítica y convertir a estos pacientes expertos en defensores del sistema que los oprime.
Los detalles del análisis
El artículo, titulado "Saberes profanos y justicia epistémica en salud mental: análisis crítico del agente de apoyo entre iguales en el Estado español", lo firman Diana González y Martín Correa-Urquiza, especialistas en Antropología Médica y Salud Global e Internacional respectivamente.
Sus conclusiones son inquietantes: estos pacientes expertos pueden perder "su potencialidad como figura crítica, disruptiva y colectivamente articulada" si son capturados institucionalmente. Los autores denuncian que el sistema los utiliza solo cuando reproducen el discurso biomédico —es decir, cuando promueven medicación y obediencia al tratamiento— pero los margina cuando cuestionan diagnósticos o reclaman participación en la toma de decisiones.
Los investigadores documentan casos en los que estos pacientes expertos acaban "sintiéndose aislados e instrumentalizados", convertidos en intermediarios entre profesionales y otros pacientes, pero sin voz ni voto en las decisiones que afectan a su propio modelo de atención.
El problema de fondo
Durante siglos, quienes han vivido la enfermedad mental fueron excluidos de los espacios donde se elaboraba el discurso sobre ella. Fueron tratados como "objetos pasivos" en lugar de como productores de conocimiento válido. Recientemente, las organizaciones en primera persona y las administraciones han comenzado a reconocer el valor del "saber profano" —la experiencia vivida— como complemento al modelo biomédico.
Pero González y Correa-Urquiza subrayan que este reconocimiento puede ser una trampa. El sistema absorbe a estos pacientes expertos, les da una etiqueta respetable —"paciente experto"— y luego los domestica. Los convierte en una "versión institucionalmente blanqueada del buen paciente" que acepta el diagnóstico, toma la medicación y no cuestiona nada.
Por qué importa
Los autores ensalzan el saber en primera persona como "una forma de sabiduría sobre la condición humana, sobre cómo el sufrimiento existencial se manifiesta y vive". Es un conocimiento filosófico-existencial que el modelo biomédico —centrado solo en síntomas— nunca podrá capturar. Pero ese conocimiento solo tiene valor si quienes lo poseen pueden usarlo libremente, sin ser cooptados.
Por eso proponen que estos pacientes vayan más allá de contar su experiencia personal. Deben integrarse en movimientos sociales que generen conocimiento alternativo, que cuestionen el sistema, que reclamen participación real en las decisiones. No como decoración institucional, sino como agentes de cambio.
La paradoja es incómoda: en el momento en que el sistema reconoce el valor de la experiencia vivida en salud mental, corre el riesgo de neutralizarla. El aumento de demandas de ayuda por problemas de salud mental es cada vez mayor, lo que hace más urgente que estas voces críticas no sean silenciadas, sino amplificadas.
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