La imagen que se repite cada primavera
Las noches despejadas de primavera traen consigo una de las estampas más singulares del mundo del vino: cientos de pequeñas antorchas prendidas en los viñedos para proteger de la helada a las vides que acaban de brotar. Esta escena se repite año tras año en zonas vitícolas españolas, Borgoña, Burdeos y otras regiones productoras de todo el mundo.
Por qué se encienden esas hogueras
La explicación es física y brutal. Durante las noches despejadas sin viento, el suelo pierde calor por radiación. El aire más frío, al ser más denso, se acumula cerca del terreno en lo que se conoce como helada de inversión. Mover ese aire frío con molinos o helicópteros para que se mezcle con el aire más cálido de estratos superiores, o simplemente aumentar la temperatura apenas uno o dos grados, puede ser la diferencia entre una cosecha perdida y una salvada.
La práctica de encender hogueras está documentada al menos desde mediados del siglo pasado, pero en los últimos años se ha intensificado. Casi cada primavera vemos miles de antorchas iluminando los viñedos españoles. Las causas son múltiples: el cambio climático ha hecho que las heladas tardías sean más frecuentes e impredecibles, nuevas plantaciones en zonas históricamente más expuestas al frío donde antes no había viña, e incluso algo de marketing en lugares donde el riesgo real es menor.
Más allá del negocio: un acto de permanencia
Pero aunque detrás de todo haya un cálculo económico —solo merece la pena esta operación en zonas donde la uva tiene mucho valor—, salir a proteger la cosecha del frío tiene una dimensión que trasciende el negocio. Es un acto profundamente atávico, una afirmación de permanencia en la tierra.
El historiador del vino Hugh Johnson explicaba en su Historia del Vino (1989) que cuando las órdenes monásticas plantaban vides durante la reconquista de la Península Ibérica, no lo hacían solo para obtener vino litúrgico. "Plantar vides equivalía a realizar una afirmación de permanencia en la posesión de la tierra", escribía. El viticultor no está de paso. Cada año, al defender su viña, afirma su permanencia en ese territorio.
Como señalaba el periodista Pierre Veilletet: no existen viñedos predestinados sino obstinaciones de generaciones. Las hogueras de madrugada son el reflejo más fotogénico de esa obstinación que llega hasta nuestros días.
La preservación como identidad
Este instinto de defensa aparece en otros lugares del mundo vitícola. En la bodega alemana Mosel Heymann-Löwenstein, los trabajadores recogen las pizarras arrastradas por la lluvia y las vuelven a subir ladera arriba. En Lanzarote construyen socos, muros levantados a mano para proteger las vides del viento. En el Valle de la Orotava, la bodega Suertes del Marqués mantiene las vides en cordón trenzado, un sistema que cuesta un 300% más que otros métodos, solo porque es un patrimonio vinícola mundial.
Todos estos gestos responden al mismo instinto que lleva al viticultor borgoñón a encender cientos de estufas de parafina contra una helada: el instinto de preservación.
Cultivar y proteger viñas es, en realidad, un trabajo de preservación de lo que somos. El geógrafo Alastair Bonnett escribía en Fuera del Mapa (2017) que "los lugares no son simples decorados, telones de fondo sobre los que interpretamos nuestras vidas: son parte de nosotros".
Encender estufas, mantener el cordón trenzado o subir una ladera cargando con pizarra no responden solo a lógica económica. Responden a la convicción del viticultor de que el lugar importa. La filósofa Simone Weil decía que "tener raíces es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana". Quien defiende un lugar, lo enraíza. Y quien enraíza un lugar, se enraíza a sí mismo.
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Crítico Cultural
Crítico cultural y escritor. Colaborador habitual en medios literarios.
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