Nadie suele ocultar un procedimiento médico como una operación de rodilla o la extirpación de un quiste. Tampoco solemos guardar en secreto la endoscopia o la laparoscopia que nos hicieron un día, o la eliminación de una mancha sospechosa. Sin embargo, cuando se trata de aborto, la situación cambia radicalmente. Muchas mujeres se ven envueltas en un manto de silencio y vergüenza, como si el aborto fuera algo de lo que avergonzarse.
La realidad es que el aborto es un derecho fundamental que ha sido conquistado en muchos lugares, pero que sigue siendo un tema tabú en muchos otros. La alternativa al aborto legal y seguro es la maternidad forzosa, que puede tener consecuencias devastadoras para las mujeres, especialmente para aquellas que son jóvenes o que viven en situaciones de vulnerabilidad.
La interrupción voluntaria del embarazo es un acto de autonomía y libertad que amenaza el proyecto patriarcal que busca controlar y moldear la vida de las mujeres. Quienes se oponen al aborto lo hacen porque quieren imponer su visión de la vida y su moralidad a todas las mujeres, sin importar sus circunstancias o creencias.
Los grupos religiosos y las derechas que se autoproclaman 'provida' suelen ser los mismos que defienden políticas que perjudican a las mujeres y a los más vulnerables. Son los mismos que buscan desmantelar los servicios públicos y promover la privatización de la salud y la educación. Son los mismos que quieren controlar la vida de las mujeres y decidir por ellas.
Pero defender el aborto no es solo una cuestión de derechos; es también una cuestión de vida. La vida no es solo nacer o existir, sino también vivir con dignidad y derechos. La posibilidad de abortar es fundamental para que las mujeres puedan decidir sobre sus vidas y sus cuerpos.





