La reciente resolución del Consejo de Estado sobre el registro de jornada laboral ha generado un intenso debate. En lugar de arrojar luz sobre la cuestión, este dictamen parece oscurecer la evidencia. El registro horario, implementado en 2019, buscaba atajar un problema acuciante: millones de horas extraordinarias sin remunerar ni cotizar. La propia exposición de motivos del registro advertía que, sin este control, los trabajadores quedan desprotegidos y se facilitan jornadas laborales que exceden los límites legales, impactando en el salario, la conciliación y las cotizaciones.
No se trata de un problema técnico, sino de derechos fundamentales. A pesar de que han pasado siete años, seguimos discutiendo sobre si es posible desarrollar reglamentariamente el registro mientras millones de personas ven vulnerados sus derechos debido al descontrol de la jornada laboral. Resulta sorprendente que, en nuestro ordenamiento jurídico, las jornadas especiales se regulen por real decreto desde 1995, pero el registro, ya establecido por ley, parece resistirse a ese mismo desarrollo. Es como si ordenar el tiempo de trabajo fuera aceptable, pero controlarlo efectivamente resultara sospechoso.
La paradoja es evidente. El Consejo de Estado, con más de 500 años de historia, parece reticente a adaptarse a los tiempos modernos. En plena era de algoritmos e inteligencia artificial, pasar del papel al registro digital exige, al parecer, una reforma constitucional. Afortunadamente, su criterio no es vinculante, porque la recomendación no solo pone barreras a los avances tecnológicos, sino que nos retrotrae al siglo XVI.
El propio dictamen reconoce la gravedad del problema del descontrol de la jornada laboral, que afecta a la salud, la conciliación y la competencia leal. Sin embargo, admite el diagnóstico pero rechaza el tratamiento. Además, desplaza el debate hacia lo caricaturesco: la protección de datos. De pronto, el problema no es trabajar gratis, sino registrar ese trabajo. No se protege a quien lo sufre, sino a quien lo impone.
El resultado es inquietante: la protección de datos como escudo de la opacidad. Llevado al extremo, obligaría a replantear incluso la actuación de Hacienda: ¿también las facturas o los registros contables deberían quedar fuera de control en nombre de la intimidad? El absurdo es evidente. Porque aquí no se trata de datos: se trata de derechos.
Los datos son tozudos. Cada semana se realizan millones de horas extraordinarias en España, muchas sin retribuir. Solo en 2025, 2,49 millones de horas semanales no se pagaron, afectando a 441.000 personas y generando más de 3.200 millones de euros anuales no abonados, según datos de la EPA. Esto se traduce en que cientos de miles de personas trabajadoras les roban más de cinco horas de su vida cada semana.
La urgencia no es una cuestión de perspectiva. No lo es desde la cómoda distancia de un dictamen que pide 'sosiego y reflexión', pero sí para quien encadena jornadas ilegales, no puede conciliar o ve evaporarse su salario en horas invisibles. Por eso, se visualiza en este dictamen una cierta alineación con quienes llevan años resistiéndose a cumplir la ley. No se cuestiona un exceso regulatorio, sino que el control sea eficaz: que el registro sea, como exige el Derecho europeo, objetivo, fiable y accesible. Y eso, en la práctica, significa que no pueda manipularse.
Discutir si el registro debe ser digital, los plazos o las cargas para las pymes es legítimo. Pero no puede servir de coartada para sostener un sistema que aún permite prolongaciones de jornada no registradas ni pagadas. Entonces ya no hablamos de técnica jurídica, sino de normalizar una ilegalidad.
Además, el dictamen trata con ligereza una cuestión clave: la salud laboral. Controlar el tiempo de trabajo no es solo salario, es prevención. Jornadas excesivas y descansos insuficientes impactan directamente en la salud, algo que el propio Consejo de Estado reconoce.
Negar la urgencia es negar la evidencia. Puede no serlo desde un despacho que reclama 'sosiego', pero sí para quienes acumulan cada semana horas no pagadas. La pregunta es sencilla: ¿cuántas más hacen falta para que sea urgente?
El Gobierno debe decidir. Puede dejarse arrastrar por un dictamen no vinculante que debilita la reforma o garantizar que la ley se cumple y la competencia es leal. Eso exige aprobar el real decreto, con los ajustes técnicos necesarios, pero sin tocar su esencia: un registro objetivo, fiable, accesible y no manipulable que proteja las horas trabajadas, la retribución y la salud.
Si al Consejo de Estado no le parece urgente, es legítimo. No responde ante los ciudadanos. Pero el Gobierno sí lo hace.