Aún nos conmueve leer una obra con la certeza de que ha sido imaginada por alguien similar a nosotros. En un mundo fragmentado por la ambición, la ignorancia, la obstinación y la maldad de unos pocos, la noticia de que una editorial estadounidense haya retirado una novela del mercado y suspendido su promoción no es más que un incidente menor. Sin embargo, lo que ha sucedido no es relevante por lo que ocurrió, sino por lo que presagia, y creo que es el primer anuncio de muchas noticias similares que estarán en nuestras conversaciones en los años venideros.

La historia es la siguiente. Una escritora emergente se autopublica una novela de terror que tiene éxito en el mundo de las redes y sus alrededores. Una gran editorial se percata de ese éxito, compra la novela y la publica a través de los canales tradicionales. Pero entonces, los lectores y los periodistas comienzan a notar algo molesto en la factura de la novela, una vaga cualidad (o defecto) de la escritura, y de repente circula en los rincones de internet la denuncia del escándalo: algunas partes del libro han sido escritas con inteligencia artificial. La acusación resulta cierta, la editorial retira el libro del mercado, la autora busca excusas: ella es inocente, dice, ella no usó inteligencia artificial, ella solo contrató a un conocido para que editara su libro antes de la autopublicación y ese conocido, él sí, usó inteligencia artificial. A un periodista le dice que esta controversia le ha hecho daño, que su salud mental no está bien, que no puede hablar demasiado del asunto por imprecisas razones legales.