Aún nos conmueve leer una obra con la certeza de que ha sido imaginada por alguien similar a nosotros. En un mundo fragmentado por la ambición, la ignorancia, la obstinación y la maldad de unos pocos, la noticia de que una editorial estadounidense haya retirado una novela del mercado y suspendido su promoción no es más que un incidente menor. Sin embargo, lo que ha sucedido no es relevante por lo que ocurrió, sino por lo que presagia, y creo que es el primer anuncio de muchas noticias similares que estarán en nuestras conversaciones en los años venideros.

La historia es la siguiente. Una escritora emergente se autopublica una novela de terror que tiene éxito en el mundo de las redes y sus alrededores. Una gran editorial se percata de ese éxito, compra la novela y la publica a través de los canales tradicionales. Pero entonces, los lectores y los periodistas comienzan a notar algo molesto en la factura de la novela, una vaga cualidad (o defecto) de la escritura, y de repente circula en los rincones de internet la denuncia del escándalo: algunas partes del libro han sido escritas con inteligencia artificial. La acusación resulta cierta, la editorial retira el libro del mercado, la autora busca excusas: ella es inocente, dice, ella no usó inteligencia artificial, ella solo contrató a un conocido para que editara su libro antes de la autopublicación y ese conocido, él sí, usó inteligencia artificial. A un periodista le dice que esta controversia le ha hecho daño, que su salud mental no está bien, que no puede hablar demasiado del asunto por imprecisas razones legales.

Pero cualquiera verá que esta anécdota más o menos banal encierra cuestiones de importancia, al menos para esa curiosa subespecie de la humanidad que somos los lectores de literatura: los que dedicamos un tiempo sostenido al extraño oficio de imaginar a los otros, sean los otros inexistentes o reales, mediante un artificio hecho de palabras. Primera pregunta: ¿quién elige esas palabras, y por qué habría de importarnos? Los modelos de lenguaje son ya capaces de imitar —me dicen— las estrategias verbales y los rasgos de estilo de un autor cualquiera, y hemos comenzado a escuchar las opiniones de los más integrados (o los más sumisos) que ya aceptan lo inevitable y se llenan de argumentos finos, falsamente desinteresados o hipócritamente altruistas: no importa si el ciego Homero existió en realidad, dicen, lo que importa es que exista la Odisea, lo que importa es que exista la Ilíada.