Si un país emprendiera una campaña de exterminio contra una región, desplazara por la fuerza a su población, asesinara a decenas de miles de personas, destruyera viviendas e infraestructuras para hacerla inhabitable y luego se anexionara ilegalmente todo el territorio que considerara conveniente, y nada de eso tuviera consecuencias para él, lo lógico sería que se sintiera alentado a proseguir por más camino: por ejemplo, ocupar más territorio en Cisjordania, amparar la violencia de los colonos contra los palestinos y extender los asentamientos hasta hacer inviable cualquier Estado palestino. Si tampoco así hubiera consecuencias, daría otro paso en su plan de expansión territorial: invadiría el sur del Líbano y aplicaría allí el 'método Gaza', desplazando por la fuerza a sus habitantes, asesinando a quienes se resistieran, arrasando viviendas e infraestructura hasta volver la zona inhabitable, y luego se la anexionaría.

¿Tampoco habría consecuencias para su país? Pues bien, podría dar otro paso: mañana haría lo mismo en el sur de Siria (desplazando, asesinando, arrasando, anexionando), y si tampoco pasara nada (y ya digo que tampoco), pasado mañana haría lo mismo con otro trozo del Líbano, alguna zona de Jordania, Irak, Egipto, quién sabe, siguiendo paso a paso el plan bíblico del 'Gran Israel', aprovechando que le sale gratis y que tiene a Estados Unidos de su lado hasta el infinito y más allá.

¿Qué más tiene que hacer Israel para que sus acciones tengan alguna consecuencia? Cuando el genocidio en Gaza estaba en pleno apogeo, nos preguntábamos qué atrocidad debería cometer Netanyahu allí para perder el apoyo de Occidente. La respuesta estaba clara: hiciera lo que hiciese en Gaza, la impunidad seguía asegurada. Desde entonces, el proyecto racista y mesiánico de Israel (de Netanyahu, y de buena parte de la población que lo secunda en sus crímenes) ha seguido adelante, y seguirá adelante mientras nadie le pare los pies.