En un día soleado de marzo, Julia Colagreco comparte un secreto sobre su esposo, Mauro: 'Se siente más jardinero que cocinero'. La confesión se hace desde las alturas, en un huerto ubicado en Castillon, en plena montaña, rodeado de olivos y árboles frutales. El murmullo de un río que atraviesa el terreno asegura agua para el riego. Tal vez tenga razón: para entender el mundo de Mauro Colagreco no basta con entrar en su cocina; hay que respirar y caminar por alguno de los cinco huertos-jardines que tiene repartidos por Menton, en la Costa Azul.
Mauro Colagreco, de 49 años, llegó a Francia en el año 2000 para aprender de la que, por entonces, seguía siendo la mejor cocina del mundo. Su intención era aprender y, en unos pocos años, regresar a su país. Estudió en la escuela de hostelería de La Rochelle e hizo prácticas en buenas casas: trabajó en La Côte d'Or con Bernard Loiseau, con Alain Passard en L'Arpège, con Alain Ducasse en el hotel Plaza Athénée y con Guy Martin en Le Grand Véfour.
Pronto supo que retrasaría su vuelta a Argentina. Deseaba abrir su propio negocio, pero dudaba entre tenerlo en Francia, Italia o España. 'Quería empezar a escribir mi historia en una página en blanco, con libertad, sin ataduras. Quería interpretar el territorio de una manera virgen', confiesa el cocinero. Encontró este lugar por casualidad. Alguien le habló de un restaurante que llevaba un lustro cerrado. 'No tenía dinero ni crédito porque era extranjero'. Tampoco inversores que le rondaran. Las ganas y la ilusión del cocinero convencieron al propietario del inmueble que le alquiló el local con opción de compra a los cinco años.
Un día, por el mes de mayo, cuando apenas llevaba un mes abierto, recibió la visita de un reputado periodista gastronómico francés, François Simon. A su regreso de un viaje por Italia, paró en Niza y alguien le comentó que visitara a un chico argentino que cocinaba en Menton. La experiencia quedó plasmada en una buena recomendación, que despertó el interés de otros gastrónomos. Cinco meses después de la apertura, fue invitado a participar en España en un evento organizado por la guía Lo mejor de la gastronomía.
Mauro Colagreco en su huerto de Castillon, rodeado de olivos y árboles frutales. (Fuente: El País)
Colagreco compra en el mercado de abastos de Ventimiglia (Italia).Manuel Vázquez
Lo demás llegó rodado. O casi. Antes de cumplir un año ya tenía la primera estrella Michelin, además del nombramiento por parte de la guía francesa de cocinero del año. 'Era un sueño, pero había muchos meses en los que no tenía clientes en el restaurante, y eso era motivo de mucha preocupación porque no podía sostener el negocio'. Tenía reconocimiento y decidió aprovecharlo: 'Era el primer cocinero argentino en tener una estrella en el mundo y eso me abrió las puertas para hacer consultoría en Argentina'.
El goteo de premios seguía llegando: en 2012 cayó la segunda estrella y fue nombrado caballero de la Orden de las Artes y las Letras; cinco años más tarde le impusieron la insignia de la Orden Nacional del Mérito, y en 2019 obtuvo la tercera estrella y fue elegido el mejor del mundo, según la lista The World's 50 Best Restaurants. Ahí tocó el cielo. 'Nos reventó la centralita, todo el mundo quería venir a Mirazur. Fue un gran reconocimiento, pero más fuera que en Francia. Aquí no me regalaron nada. Me ignoraron mucho, pero cuando todo esto sucedió ya no podían seguir ignorándome'.
A su lado, desde hace 15 años, está el pilar que lo sostiene todo, la carioca Julia Ramos. No para de atender mensajes y llamadas en el teléfono móvil: ejerce como directora de orquesta de todo el equipo de Mirazur, con un ojo puesto en todos los locales del grupo. No concibe la vida sin todo esto. 'Mi papel aquí es que todo funcione y que la gente que vaya a cada uno de nuestros locales esté feliz. Es importante saber lo que quiere el cliente'.
El chef argentino en su cocina, preparando uno de sus platos estrella. (Fuente: El País)
Carnaval de cítricos de Colagreco, que se inspiró en el pintor Paul Klee.Manuel Vázquez
Allí se encuentra otra pieza fundamental en el entorno de Colagreco: su mano derecha desde hace más de una década en Mirazur, el cocinero italiano Luca Mattioli. Hay veces que ni hablan: con solo una mirada, uno sabe lo que quiere el otro. A los dos les gusta cruzar al otro lado de la frontera y visitar el mercado de abastos de Ventimiglia, donde acuden a comprar verduras y miel de pequeños productores y pescado fresco.
Lo que vive hoy Mauro Colagreco, al cumplir el vigésimo aniversario de su restaurante, es un momento dulce. Las cuentas están saneadas: Mirazur no necesita ya de ese aporte exterior. 'Recibe a 13.000 clientes al año, da empleo a 170 personas y factura 9,5 millones de euros. Se mantiene solo y da beneficios'. En el grupo trabajan 700 personas repartidas por los diferentes locales que llevan su firma en 16 lugares del mundo.
A su alrededor, el equipo de cocina trabaja con mimo. 'Nuestras preparaciones son todas sencillas, pero el equilibrio pende de un hilo'. Sabe que ese trabajo minucioso con el producto fue lo que llamó la atención en la zona. Empezó a correrse la voz de que ahí pasaba algo: 'Éramos como un ovni dentro de la oferta local y francesa, que llevaba años haciendo la misma cocina tradicional'.
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