A pesar del auge de los partidos ultras en la esfera continental, las fuerzas progresistas mantienen el poder en las ciudades más importantes de Europa. La reciente victoria del socialista Emmanuel Grégoire en París es un ejemplo claro de esta tendencia.

La candidata de la derecha, Rachida Dati, quedó lejos del bastón de mando, y el Reagrupamiento Nacional, el partido de Marine Le Pen, no obtuvo ni un solo escaño, relegado a un residual 1,6% de los votos. Esto confirma que, en general, los partidos de extrema derecha aún son minoritarios en las capitales europeas, donde las fuerzas progresistas y ecologistas son las dominantes.

La ola ultra lleva tiempo fraguándose, pero ha ganado fuerza en el último lustro. La extrema derecha gobierna o sostiene ejecutivos en ocho de los 27 países de la Unión Europea, entre ellos Italia, y lidera los sondeos en tres países que son caza mayor: Francia, Alemania y, ya fuera del bloque, el Reino Unido. Sin embargo, ese empuje ha encontrado un dique igualmente poderoso en las capitales y en las ciudades más pobladas de los Veintisiete.

En las capitales, los partidos de ultraderecha no han dejado de perder terreno en los comicios municipales. En Berlín, Alternativa para Alemania (AfD) se quedó en el 9%. En Londres, donde los ecologistas amenazan con descabalgar al Partido Laborista de la alcaldía en mayo, las opciones del ultraderechista Reform UK son remotas. Incluso en Madrid, donde la derecha encadena décadas de gobierno, la capacidad de movilización de Vox es pequeña, similar a la de AfD en Berlín.