En plena guerra de los Cien Años, una joven campesina llamada Juana de Arco se dispuso a emprender un viaje que cambiaría el curso de la historia. Con solo 17 años, Juana se presentó ante el capitán Robert de Baudricourt en la fortaleza de Vaucouleurs, guiada por voces celestiales que la impulsaban a salvar a Francia y llevar al delfín Carlos VII hasta su coronación en Reims.

La preparación para la misión

Para atravesar territorios controlados por borgoñones e ingleses, Juana tomó una decisión táctica y simbólica trascendental: se cortó el cabello y vistió ropa masculina, incluyendo una túnica, calzas, botas y un jubón ajustado. Esta transformación no solo facilitaba su movilidad como jinete, sino que protegía su pudor entre hombres de armas. Los habitantes de Vaucouleurs le proporcionaron el equipo necesario y un caballo de guerra.

El viaje a través de territorios hostiles

El 23 de febrero de 1429, Juana y su comitiva se adentraron en las tierras gélidas del valle del Mosa. Atravesaron ríos caudalosos y zonas boscosas donde los asaltantes y soldados enemigos acechaban constantemente. La joven y sus hombres cabalgaban preferentemente de noche para minimizar el riesgo de ser capturados por los borgoñones. La primera etapa los llevó a la abadía de Saint-Urbain, donde buscaron refugio y descanso momentáneo.

La búsqueda de consuelo espiritual

A lo largo del trayecto, Juana buscaba consuelo espiritual en las iglesias y abadías que encontraban a su paso. En la catedral de Auxerre asistió a misa y escuchó nuevamente las voces de sus santos. Su necesidad de recibir los sacramentos era constante, instando a sus escoltas a orar junto a ella. Al llegar a Sainte-Catherine-de-Fierbois, Juana participó en tres misas en un solo día como acto de gratitud.