El adiós a Josep Piera nos deja con la reflexión sobre un hombre que, a pesar de su fragilidad física, mantuvo su espíritu vehemente y su pasión por la vida. El poeta catalán, que había dejado de escribir, seguía puliendo un libro que nunca llegó a completar. ¿Quién sabe si nos depara alguna sorpresa en el futuro? Piera llevaba tiempo despidiéndose, o siendo despedido, por su condición de enfermo crónico.

La lucha contra la muerte

Piera se había acostumbrado a esquivar la muerte, convirtiendo lo extraordinario en rutina. En una entrevista reciente, afirmó: "La muerte la tengo muy presente, pero no le doy vueltas porque sé que es una tontería. Sé que tiene que venir y sé que cada vez me queda menos. Tengo 78 años. Nunca pensé haber llegado a una edad como esta". Su voz transmitía tranquilidad, sin miedo ni pretensiones filosóficas.

Un mundo de sentidos

Piera no escribía porque su mundo eran los sentidos. El deseo, el amor, el ansia, la comunión con la tierra y con los demás, la gente nueva de los viajes. Su mundo no era el dolor y la nostalgia, por eso ya no se entendía con la poesía. Se habían abandonado el uno al otro. Ahora miraba por las ventanas, hacia el verde de las montañas, tal vez esperando protección o un último refugio.

Un legado de compromiso

Todo es fantasía (literatura) y compromiso, con un pasado, un paisaje y una gente. Y con una lengua, que es el río que baja tranquilo entre el pasado, el paisaje y los habitantes. Piera se ha ido con su sonrisa pensativa y aquellos versos de su Teodor Llorente que tanto amaba, escuchando a aquella ancianita que recitaba: "Dulce lengua de mis abuelos. Yo no quiero creer en la muerte".