La fiebre de los catálogos musicales que no llega a España
Britney Spears acaba de vender su catálogo a Primary Wave por 200 millones de dólares. Bob Dylan cedió sus derechos editoriales a Universal Music Publishing por 300 millones. Neil Young y Shakira hicieron lo propio con Hipgnosis Songs Fund. En Estados Unidos, los repertorios musicales se negocian como activos bursátiles. En España, el fenómeno apenas ha pasado de intentos aislados sin éxito.
La tendencia estadounidense responde a una lógica clara: los grandes catálogos generan ingresos recurrentes en plataformas digitales, radio y sincronizaciones. No dependen de las oscilaciones del mercado financiero, lo que los convierte en instrumentos atractivos para que fondos de inversión diversifiquen su cartera. Hipgnosis, el fondo británico que financiaba estas compras a través del mercado bursátil, dejó de cotizar en 2024 tras ser adquirida por Blackstone. Hoy opera bajo Recognition Music Group, centrada en la gestión y monetización global de derechos musicales.
Un concepto que ha cambiado de raíz
Los derechos de autor siempre han sido transmisibles y gestionados por editoriales musicales. Lo que ha cambiado es su conceptualización. Ya no se adquieren únicamente como parte de una estrategia creativa, sino como instrumentos financieros capaces de generar flujos de caja proyectables a largo plazo.
Kiko Veneno, el cantautor de 76 años, lo ve claro: "Desde el principio los derechos de autor son activos financieros. En los años 60 y 70 estaban en manos de miles de autores que recibían beneficios de la industria musical. Hoy están en manos de tres compañías y plataformas de las que muy pocos músicos ganan cuantiosos beneficios". Loquillo, con 65 años, comparte la misma perspectiva: "Lo sensato es entender que tu repertorio es un activo financiero desde el momento que lo proteges con el registro y los derechos de autor".
Los intentos españoles que no despegaron
Ha habido esfuerzos por replicar el modelo estadounidense en España, pero con resultados limitados. El caso más visible fue Clippers, que adquirió el catálogo del compositor David Santiesteban siguiendo una lógica de concentración de derechos y monetización de flujos futuros.
Más ambicioso fue The Musix, un proyecto que intentó fragmentar los derechos en participaciones negociables. La idea era que inversores minoristas adquirieran pequeños porcentajes de canciones y recibieran un porcentaje de sus ingresos futuros, similar a lo que hace la estadounidense Jukebox. Arturo Parga, abogado especializado en propiedad intelectual y parte del proyecto, explica la inspiración: "Vimos que ocurrían todas estas ventas de catálogos, pero que ocurrían en el mundo anglo, y pensamos: ¿y si la gente pudiera participar de los royalties de sus artistas favoritos?".
Parga reconoce que el atractivo era doble: "Por un lado era financiero, aunque yo creo que eso iba a ser residual; por otro lado era más por apoyar a tu artista".
Las barreras legales que frenan el negocio
El contexto jurídico español introduce obstáculos estructurales que hacen difícil replicar el modelo estadounidense. El principal es la existencia de derechos morales intransferibles. Parga lo explica sin rodeos: "En España no es tan fácil que esas ventas de catálogos ocurran. El derecho continental protege mucho al autor porque lo considera parte débil".
Esta protección legal, pensada para defender a los creadores, se convierte en un freno para que fondos de inversión compren y vendan catálogos como hacen en Estados Unidos. Mientras que en el sistema anglosajón los derechos son más fáciles de transferir, la legislación española mantiene ciertos derechos vinculados al autor de forma permanente.
Qué puede pasar
El mercado español de derechos musicales seguirá siendo mucho más pequeño que el estadounidense, al menos mientras no cambien las reglas del juego. Los músicos españoles tendrán menos opciones para monetizar sus catálogos a través de fondos de inversión, aunque siempre podrán vender sus derechos de forma tradicional a editoriales musicales.